Un dibujo hecho en paint.
enero 17, 2011
El mensaje
—¿Y el mosquito sabía clave Morse?
—Claro que sí, un zumbido largo, otro corto, otro corto y otro largo... Incluso escribí lo que me estaba diciendo —sacó una libreta, donde tenía algunas anotaciones bastante ilegibles—. Mira —le mostró sus apuntes.
En la libreta se leía, después de unos rayoteos de líneas horizontales y de puntos, lo siguiente: “En nombre de nuestra noble especie, que ustedes llaman mosquitos, deseamos con toda nuestra alma establecer una cooperación con su especie con el propósito de”, y el texto se interrumpía abruptamente.
—¿Eso es todo?
—Sí, eso es todo.
—Pero... ¿y qué pasó con el mosquito?
—Lo maté.
—¿Lo mataste?
—Lo maté.
—¿Cómo que lo mataste?
—Era molesto, zumbaba en mi oído y sentí que casi me picaba, y lo aplasté con la mano.
—¿Pero cómo eres tan...? Si en su mensaje te decía que tienen alma, ¡por el amor de Dios!
—Lo supe hasta después que traducí lo que me dijo. Aparte a mi me dolió más el golpe, como estaba cerca de mi oreja me di ahí el manotazo. Mira —y ladeó la cabeza mostrando su oreja enrojecida.
—¿Y crees que sea el único?, porque habla de una especie entera, los mosquitos. Tal vez todos ellos posean una inteligencia de tipo humana. Nos querían dar a entender algo, querían cooperar con nosotros, no se me ocurre cómo pero querían cooperar.
—Es probable —se arrodilló buscando algo en los compartimentos bajos de la enorme alacena.
—¿Qué estás buscando? —y vio que sacó una lata de aerosol. El hombre comenzó a rociar el matainsectos en toda la casa—. ¡Qué!, ¡has enloquecido acaso!, ¿no has entendido nada del mensaje?
—Hay demasiados mosquitos, ¿crees que es fácil dormir cuando te chupan sangre y te zumban por todo el cuerpo?
enero 14, 2011
Libertad de prensa
—¿Un artículo que impide cortar árboles, qué es esto? —el abogado le mostró la constitución a Sergio, poniéndosela enfrente de la cara. Sergio se echó para atrás
—Este agregado no ha sido aprobado, ni siquiera redactado formalmente.
—Este agregado no ha sido aprobado, ni siquiera redactado formalmente.
Sergio tomó la constitución y leyó el artículo al que se refería. Se trataba de una extensión de un artículo anterior.
—No —dijo Sergio, confundido mientras leía—, debe ser una equivocación. Nosotros nunca imprimimos esto —miró al abogado, un hombre de baja estatura con un monótono traje gris.
—¿Entonces...?
—Pues, debe ser...
El abogado le arrebató la constitución.
—Y eso no es todo —dijo, cambiando de página—. El artículo 137 dice algo totalmente contradictorio a lo anterior, que sólo los pinos deben de conservarse y que los demás árboles deben de ser cortados —le dio la constitución.
La puerta se abrió.
—Señor Hernández —exclamó Sergio.
Walter Hernández, el jefe de la oficina de imprenta del gobierno, se acercó a los dos hombres. Miró con curiosidad al abogado.
—Necesito que estos errores se corrijan pronto —le dijo el abogado a Walter.
—Alguien ha alterado la constitución —explicó Sergio—, habla sobre los árboles.
El abogado se retiró.
—Es extraño —dijo Sergio, parado frente a su escritorio y hojeando dos ejemplares de la constitución—, sólo la edición actual presenta modificaciones, no así las anteriores.
—¿Alguna diferencia entre las ediciones? —preguntó Walter.
—No, ninguna, salvo las proovedoras del papel.
—¿Qué diferencias hay en el papel?
—La edición anterior fue impresa en hojas de pulpa de cedro, para la actual se usaron dos papeles diferentes: cedro para las hojas y pino para la cubierta.
Se hizo una pausa. Walter puso una expresión como de enojo, que era la expresión que hacía cuando estaba pensando en algo importante.
—¿Usted cree que...?
—No lo sé —dijo Walter violentamente—. El artículo 137 aboga por la permanencia de los pinos y por la destrucción de las demás especies, ¿qué otra cosa puede deducirse de esto, si nadie más ha modificado el texto?
Sergio dejó salir una carcajada de nerviosismo.
—Que los árboles cortados se expresan por medio del papel, modificando lo que está escrito en él, y que hay una discusión ideológica entre las especies de pino y cedro —dijo sarcásticamente.
De nuevo se hizo silencio. Sonó el teléfono y Walter contestó.
—Diga. Sí. Pase ahora mismo —colgó. De nuevo Walter parecía enojado.
Un hombre entró a la oficina, tenía consigo un ejemplar de la constitución. El hombre le dio el libro.
—Lea —dijo.
Walter lo abrió y se encontró con un montón de palabras revueltas y sin sentido. Leyó: “La especie superior de derechos arboreos destruir preservar especies manifiesta genética pinos”.
—¿Qué es esto? —preguntó nerviosamente Walter.
—Un ejemplar de la constitución —respondió el hombre.
—¡Eso ya lo sé!
Sergio se acercó para leer. Todo el texto era igual de incoherente.
—Parece como si las palabras se pelearan unas con otras para expresar sus propias ideas —dijo Sergio—. No es tan loco, después de todo, pensar en que sean los árboles quienes hagan esto.
Walter lo miró severamente. Se volteó y arrojó el libro en el bote de basura, que se tambaleó un poco, después de que cayera dentro de él.
—Hay que hacer otra edición y destruir los ejemplares de la edición anterior —ordenó Walter—. ¿Me oye? Asegúrese de que los nuevos sólo contengan un tipo de papel, y que no sea ni de cedro ni de pino.
enero 10, 2011
El sueño de la ballena
Marcos observó la pantalla. Transmitía el video de vigilancia del hangar 8, donde estaba la Albatros, la primera nave tipo galaxia. De un momento a otro la nave ya no estaba. La masa plateada de doscientos metros de largo se había esfumado. Marcos cerró los ojos.
—El video no está cortado —dijo Javier, que estaba a su lado derecho, e hizo una pausa, mientras la grabación se repetía otra vez— No hemos podido rastrearla, sea quien sea que la haya robado también le ha quitado todos los indicadores de posición. Y no hay nada en el hangar ni en las instalaciones que nos dé la oportunidad de rastrearla. Comenzaremos a buscar en lugares donde podrían ocultar la nave. Una nave de ese tamaño no puede ser escondida con facilidad.
—Ni robada con facilidad —dijo Marcos—, pero lo han hecho. Al parecer la han teletransportado —se sorprendió de sus palabras.
Marcos salió del edificio de la agencia. A él no le concernía la labor de recuperar la nave, pero le afectaba mucho el hecho de que hubiese sido robada. Se dirigió hacia el estacionamiento. ¿Y si no aparece, se dijo, se perderán todos estos años de trabajo? ¡Mierda!
Pateó una lata vacía, que golpeó contra su propio auto. Lo abordó y metió las llaves.
Se detuvo enfrente de su casa. Tenía corridas las ventanillas del auto, y respiró el suave aire que venía de la costa. Su esposa, Sandra, había elegido la ubicación; allí podía hacer mejor sus investigaciones sobre biología marina, su especialidad. Le sorprendió ver a Oberon, su hermoso perro perdiguero, de suave pelaje castaño, en la puerta. Se bajó de su auto y el perro comenzó a agitar la cola, esperando que Marcos se acercase a él. Acarició al perro.
—Hola muchacho —le dijo Marcos, acariciándole el espeso pelaje del cuello, y abrió la puerta—. ¿Dónde está mamá?
El perro corrió a echarse en un sofá.
Subió las escaleras hasta su habitación. Se sentó en la cama y allí encontró una nota: No volveré hoy, estaré ocupada. Te veo luego. Cuida bien de Oberon. Besos.
Marcos miró al perro, que lo había seguido. El perro ladró, pedía comida. Marcos dejó la nota en la cama y se dirigió a la cocina, y el perro fue tras él. De nuevo llenó su mente la noticia de la desaparición de la nave. Tomó una lata de comida de la alacena, la destapó con un abrelatas y la sirvió en el plato de Oberon.
Estaban más avanzados que ellos, sin duda, al menos en un aspecto: habían logrado teletransportar una gran cantidad de materia, que era la nave. El problema era ¿para qué la querían? ¿Para qué necesitaban una nave pudiendo teletransportar materia? Quizá no podían llevarla a grandes distancias, para lo cuál sería necesaria la nave.
Vio al perro comer y decidió ir a la sala a leer algo, sacarse la frustración de la cabeza.
Pensó en que podría sorprender a su esposa. Casi todo el tiempo lo pasaban separados, cada uno en sus respectivas ocupaciones, ahora podría acompañarla aunque fuese por un momento. Caminó hacia la puerta.
—Oberon, regresaré en unas horas.
Esperó unos segundos y el perro le contestó con un ladrido.
Según su horario, Sandra se encontraría en ese momento en las cercanías de un embarcadero. Marcos recorrió la línea de costa hasta llegar al lugar. Se sentía muy emocionado, nunca había ido a visitar a su esposa.
En el sitio sólo vio a un grupo de hombres con ropas gruesas e impregnadas con olor a pescado. Se bajó del coche y caminó sobre las tablas de madera del embarcadero. Se acercó a un hombre que parecía que tenía casi cerrados los ojos.
—Buenas tardes —dijo Marcos, mirando al hombre a los ojos, que apenas se percibían—, ¿sabe dónde se encuentran los laboratorios Wakefield?
El hombre, con una mano en la cintura, negó con la cabeza.
—Aquí no hay laboratorios —dijo—, es una zona de pesca, y los barcos vienen y van con la mercancía.
Marcos seguía viendo los ojos del hombre, su estrechez parecía ser una especie de protección natural contra la intensa luz solar de esa región, sobre todo para los que trabajan en altamar. Y su cara era muy arrugada. Al fin pudo concentrarse y captó las palabras antes mencionadas.
—Mi esposa trabaja aquí.
El hombre se encogió de hombros.
—Gracias de todos modos —se alejó del lugar y se dirigió a su auto. Luego condujo por una gran sección de la costa y no advirtió ninguna edificación como la que le había antes descrito Sandra. Tal vez no era bueno para orientarse y realmente buscaba en el lugar incorrecto. Se percató de que ya habían pasado un par de horas desde que estaba conduciendo erráticamente. Anochecía. Se enfureció consigo mismo y decidió volver a casa. Luego se detuvo en la carretera, tomó su teléfono y decidió llamarla.
—Hola Marcos —se escuchó la voz de Sandra.
—Hola amor, ¿puedo ir a visitarte? Hay muy malas noticias de la agencia.
No contestó.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos.
—Oh, yo sí estoy bien —dijo ella titubeando—. Pero ahora estaré muy ocupada.
—Me acabo de dar cuenta de que no sé siquiera dónde trabaja mi esposa —dijo en broma y seriamente a la vez.
—Amor —dijo nerviosamente Sandra—, ya hemos hablado de esto.
—Bien, entonces te esperaré hasta mañana. ¿A qué hora vendrás?
—Tal vez tarde más tiempo, no estoy en el país.
Marcos se sorprendió, pues tampoco le había informado que saldría lejos.
—Entonces estaremos en contacto.
—Adios —dijo ella, y colgó.
Se sentía confundido, pero tomó el volante y manejó. Se sentía deprimido. Había perdido la nave y ahora parecía que casi perdía a su esposa, todo en el mismo día.
Recordó que Sandra siempre le hablaba mucho de su trabajo, aunque últimamente ya no lo hacía. No era un matrimonio como él se esperaba que fuera, sin secretos y en el que los dos se expresaran siempre de la manera más abierta. Ella le había mencionado que su trabajo era muy importante y además era secreto. Marcos respetaba eso, pero le intrigaba. Él siempre le hablaba de lo que hacía, incluso cuando se presentó un caso de un par de pilotos muertos en pruebas experimentales, y se trataba de información que no debía de rebelar. Un día ella mencionó algo sobre experimentos neurológicos, pero no dijo más.
Marcos llegó a la casa y pronto se quedó dormido sobre su cama.
La mañana siguiente Oberon lo despertó, estaba encima de su cama y le lamía el rostro. Marcos se dio un baño y preparó el desayuno para ambos. Sonó su teléfono. Corrió hacia la habitación y contestó. Era Javier.
—Hola —dijo Marcos—, ¿noticias nuevas?
—Ya sabemos quién es el ladrón. Será mejor que vengas.
—¿Se trata de una sola persona quien ha robado la nave? —preguntó Marcos.
—Sí.
—¡No puedo imaginarme qué tipo de persona sería!
Javier se acercó a Marcos, que estaba sentado en una silla.
—No quiero que esto te afecte —le dijo Javier.
Marcos arrugó la frente y frunció los labios.
—¿De qué rayos hablas?
Javier tomó un disco láser.
—Nuestros hombres analizaron la grabación —metió un disco en una computadora y la imagen del hangar con la nave apareció en la pantalla.
Marcos miró atentamente.
—Son dos cuadros solamente —dijo Javier—, no hay más. Éste es el cuadro 78 de las 12:56 horas —la nave aún estaba allí. Javier aumentó la imagen, que mostraba una escalerilla. Tecleó algo y en la imagen se aclaró: era una vaga pero reconocible figura femenina.
Marcos se echó para atrás, como aturdido por un golpe. Era su esposa, Sandra. Siguió observando.
—Éste otro es el cuadro 297 de las 13:56, una hora después —mostraba de nuevo a Sandra, ahora cerca de la nave; en el suelo había un aparato extraño, una caja metálica grande de la que salían cables que se conectaban a la nave.
—Ella robó la Albatros —dijo Marcos, con la voz hundida y los ojos vidriosos—. Me... me comuniqué con ella ayer, no tuve tiempo de rastrear la llamada pero... —sacó su teléfono del bolsillo y se lo dio.
Sandra iba de un lugar a otro dentro de la enorme instalación. En un estanque se encontraban un grupo de ballenas jorobadas, una docena, con un espacio reducido apenas para moverse un poco hacia los costados. Una de las ballenas emitió en agudo sonido. Sandra contestó con un sonido similar, aunque modulado, con un aparato bucal que parecía un silbato.
De una máquina salían mangueras que se conectaban con la nave Albatros, dentro de ella varios contenedores se estaban llenando con agua.
Una pequeña ballena le dijo algo a la ballena que estaba a su lado derecho, que parecía ser su madre.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Sandra en el idioma de las ballenas, usando el modulador de voz. La forma en la que hablaban los más pequeños le parecía a sandra difícil de entender. La madre de la pequeña ballena le respondió:
—Está triste porque muchos de nosotros se quedarán.
Sandra se acercó al estanque. Acarició la nariz de la pequeña.
—Haremos lo posible por volver por ellos —le dijo para consolarla, pero también porque así lo deseaba. Irían a... si intentáramos escribir en caracteres humanos el hombre que las ballenas le daban a su planeta natal sería imposible. Irían a su planeta natal, del cuál habían migrado hacía mucho tiempo, y harían lo posible por regresar por los miembros de la especie que se hubiesen quedado en la Tierra. Sólo ese pequeño grupo de doce individuos partiría por ahora.
Sandra miró los indicadores del nivel de agua.
—Es hora de que entren —les dijo.
Cargaría a las ballenas con enormes redes y, una por una, las introduciría en los enormes contenedores. Comenzó con la madre de la pequeña. Avanzó rápidamente, aunque no sin dificultad.
—No recordamos —dijo una de las ballenas, que ya había sido introducida en su contenedor— cómo es... —y con un sonido pronunció el nombre de su planeta, al parecer el mismo que los humanos conocen como Capella c—. Hemos perdido su memoria, se ha perdido en la oscuridad de las eras.
—Llevamos tanto tiempo aquí —dijo otra de ellas.
—Tanto —respondió Sandra—, que ahora son necesarias para que la vida en el planeta se sostenga como antes.
Guardaron silencio. Sabían que, al final, tan sólo un pequeño puñado de ellas podía marcharse a su hogar original, pues ahora muchas especies dependían de ellas y ellas también dependían de algunas especies de krill y fitoplancton, entre otras, mismas que tenían como reservas para el viaje, en enormes cantidades. En los fondos oceánicos, sobre todo, no debían faltar sus cadáveres, que alimentaban a un número enorme de especies que dependían exclusivamente de ellas, a falta de luz solar, para el proceso de quimiosíntesis, que permitía la vida en un mundo en punumbra eterna.
Sin embargo ahora estaban olbigadas a abandonar el planeta, por el gran peligro que corrían, a manos de la especie dominante. Su población había disminuido drásticamente en los últimos dos siglos. Y las que se quedaran, ya sea con el afán de mantener el delicado equilibrio de su medio o con la simple idea de quedarse, porque creían haber encontrado la paz dentro del gran océano, eventualmente perecerían por la mano del hombre.
En verdad, desconocían si su planeta natal aún albergaba vida. Desconocían si aún existían los que dejaron atrás. Al llegar podían enfrentarse con múltiples escenarios y esperaban que tal escenario fuera favorable.
Si tan sólo los pioneros que habían viajado inicialmente a la Tierra hubieran mantenido contacto con su planeta, todo hubiese sido muy diferente, y no enfrentarían ahora la desesperación de regresar, para evitar su extinción, al menos en este planeta azul que quisieron desde el primer día.
Pronto los doce cetáceos estaban en sus respectivos contenedores dentro de la nave. Faltaba una cosa para que pudieran partir: alguien que tripulase la nave
—Marcos —dijo Javier, al verlo—, tenemos su localización, pero...
—¿Qué pasa?
—La posición corresponde a un punto donde no hay tierra firme, en medio del Océano Pacífico.
Para ese momento a Marcos se le dificultaba pensar. Creía conocer más o menos bien a Sandra, después de todo habían vivido más de cinco años juntos. Pero ahora estaba detrás de ella, buscándola porque había robado, de alguna manera teletransportado, la única nave que podía viajar más allá de los límites del sistema solar, hacia las estrellas. La situación le defraudaba, confundía y entristecía al mismo tiempo.
—Hemos movilizado a mucha gente —dijo Javier—. Un equipo salió hace algunas horas. Involucrarte más sería totalmente negativo para tu salud. Toma un descanso, no tienes que estar más tiempo aquí.
Por su mente pasó la idea del suicidio, pero él siempre la había aborrecido. Creyó que si estaba solo podía llegar a cometer esa estupidez.
—¿Puedes acompañarme? —le preguntó a Javier.
Javier nunca había notado a su amigo de esa manera. Trabajaban desde hacía mucho tiempo juntos, y ellos dos habían concebido algunas de las ideas principales de la estructura y la propulsión de la Albatros. Ahora era como si los dos perdieran a su mayor creación, un hijo casi, aunque Javier parecía no muy afectado y estaba más interesado por encontrarla que por sentir autocompasión; Marcos había perdido a su hijo y a su esposa al mismo tiempo, y su esposa se había largado con su hijo.
Se retiraron del lugar. Se dirigieron a casa de Marcos en el auto de éste. Estaban muy cerca de llegar cuando Javier avistó que una nave en forma de esfera salía del agua y se elevaba.
—Marcos —dijo el hombre, austado, y señaló con un dedo, por la ventanilla.
Marcos vio la esfera, como una inmensa perla salida de una ostra gigantesca. No supo si frenar o detenerse. Apretó con fuerza el acelerador pero la nave lo persiguió. Pronto la esfera se hallaba encima de su auto y ambos estaban aterrorizados. La esfera emitió un destello intenso y luego un sonido muy fuerte y agudo. Marcos perdió la consciencia.
Sandra le colocó un casco, lleno de cables, en la cabeza al hombre, que estaba tendido en una camilla, dentro del mismo lugar donde estaba la nave. El casco le permitiría tener el control sobre su mente y obligarlo a manejar la Albatros. Era parte de la tecnología que las ballenas habían desarrollado hacía millones de años.
De pronto Javier se levantó de la camilla, poniéndose de pie de un salto. Miró a Sandra y el lugar; al fondo vio la nave. Sandra emitió un ruido con el aparato modulador y rápidamente le contestaron todas las ballenas, que cantaron a coro. Javier entró inmediatamente en trance, hipnotizado.
Sandra se quitó el modulador de voz de la boca.
—Siéntate —le dijo suavemente a Javier, en español—. Javier se sentó en la camilla, con la mirada desenfocada. Las ballenas se callaron—. Escucha con atención... —Sandra le dio instrucciones para que manejara la nave hacia Capella c.
Javier abordó la nave y tecleó las coordenadas de destino. Sandra entró a la nave y se acercó al contenedor donde se encontraba la ballena que era madre. El gran animal pareció sonreir.
—Sabes que ya no es necesario que sigas con nosotros —le dijo a Sandra.
Ella colocó sus manos sobre el vidrio y asintió con la cabeza.
—Sí —articuló débilmente, nuevamente con el modulador.
—Sabes que toda la especie te agradece lo que has hecho.
Sandra no sólo había obtenido una nave para permitirles regresar a su planeta, había hecho más que eso. Dado que el cerebro de las ballenas había sufrido muchos cambios a lo largo de los millones de años durante los cuales se habían adaptado a nuestro planeta, habían perdido un poco sus capacidades mentales, y Sandra se encargó de diseñar un segundo cerebro artificial que las ballenas ahora tenían en su lomo, conectado a su cerebro original, por medio de fibras neuronales, como una extensión de él, aunque todo ello lo hizo supervisada por dos ballenas, que aún tenían el recuerdo de las antiguas técnicas, recuerdo que había pasado a través de su familia, durante muchas generaciones, por medio del canto.
Sandra sonrió.
Un barco se hallaba en el punto desde donde había sido localizada la señal del teléfono de Sandra. En la cabina habían varios hombres, entre ellos estaba Marcos.
—Recibimos el eco —dijo uno de los hombres, Edmund Klein, que era el jefe de la Misión Albatros. Miraba la pantalla del sonar—. Hay una instalación suboceánica, a tres mil ochocientos metros de profundidad.
—¡Tres mil ochocientos! —exclamó un hombre calvo— Nadie ha construido jamás una instalación a esa profundidad.
—No que se tenga registro —dijo otro hombre.
El jefe de la misión prosiguió:
—La instalación mide un kilómetro de lado, es un cuadrado gigante —hizo una pausa—. Muy probablemente esto no ha sido construido por seres humanos —dijo Klein seriamente—, así que no sabemos qué demonios encontraremos allí.
Marcos miraba a través de una ventanilla el amplio océano, que se perdía hasta el horizonte y más allá de él.
Los hombres mandaron un sumergible que llegaría a esa profundidad para examinar la instalación. La cápsula bajó rápidamente y pronto ya había descendido dos kilómetros. Los que estaban en la cabina se acercaron al radio transmisor.
—¿Cómo que bajando? —dijo Klein.
—¿Qué ocurre? —preguntó otro.
—Nuestro hombre dice que la presión está disminuyendo, y sigue en dirección hacia el fondo.
—¡Eso no es posible! —reclamó alguien.
—Y sigue descendiendo —se escuchó la voz, por el radio, de quien estaba a bordo de la cápsula sumergible—. Veo la estructura —el hombre se oía aterrado.
Abajo, el hombre encendió el segundo par de luces de la cápsula. Ya había llegado al fondo y ante él tenía el enorme edificio, con forma de cuadrado pero con el techo en forma de cúpula, convexo. Avistó una enorme puerta en la parte central del techo. Una ballena pasó junto a él, y luego otra, y otra más. Leyó el indicador de presión y notó que era casi la atmosférica. Podía salir de la cápsula y nadar allí afuera sin ser aplastado por la presión, aunque se encontrata a casi cuatro kilómetros de profundidad. Seguramente el aparato se había descompuesto.
La cúpula de la enorme estructura comenzó a abrirse.
En la superficie los hombres notaron que las ballenas jorobadas empezaban a cantar y rodeaban la embarcación. Marcos las observaba nadar y salpicar agua.
Un grito de horror se escuchó por la radio. El hombre suplicaba por que lo subieran. Comenzaron a enrrollar la cuerda metálica.
Marcos estaba abstraido mirando las ballenas. Nunca había visto algo tan maravilloso antes, y entendía, aunque superficialmente, el amor que su esposa siempre les había tenido a esos animales. Sin embargo su esposa le había mentido, y ahora posiblemente también era ella la había secuestrado a su colega, aunque él no sabía que tenía un propósito.
Vio que el mar se oscurecía. Luego, una enorme sombra oscureció la superficie. El océano se levantó y el agua se escurrió por el cuerpo del objeto, de vuelta al océano. Lo identificó inmediatamente, pues él la había diseñado, era la Albatros. El resto de la tripulación de la embarcación corrió hacia estribor y presenció cómo la nave salía del agua, lentamente. Un número enorme de ballenas jorobadas estaba cerca de la nave, pero lo suficientemente lejos para no ser engullidas por la succión generada al salir la enorme nave del agua. Todas ellas cantaban, se despedían de los que emprendían el viaje de regreso a su planeta. Un canto salió también de la nave. Era un canto maravilloso, como una mezcla de alegría y melancolía. Lo que venía y lo que dejaban atrás. La Albatros se elevó en los aires y se movió lentamente sobre el azul cielo. Aumentó su velocidad ascensorial. En poco tiempo ya se perdía en las alturas.
Marcos vació el contenido de la lata en el plato de Oberon. Miró atentamente al perro mientras comía, y arrojó la lata vacía en el basurero. Tocaron la puerta y una carta se deslizó por la ranura de la correspondencia. Corrió para abrir la puerta y vio al cartero marcharse. Esperaba que fuese alguien más. Se agachó y recogió el sobre. Tenía escrita una dirección de las Islas Galápagos. Rasgó el sobre y vio la letra, era de Sandra. Se detuvo y dio un profundo respiro, cerrando los ojos y apretando fuertemente los párpados. Leyó la carta.
No me odies, por favor, por lo que he hecho. Fue necesario para llevar a cabo una muy importante tarea de la cuál te hablaré si estás dispuesto a escucharme. Lo que he hecho tú lo sabrás, pero si lo digo ahora puede que creas que he enloquecido. Tu amigo Javier estará bien, regresará pronto en la nave de salvamento de la Albatros, pero ahora cumple su misión, que durará un año. No te guardaré más secretos. Escribe a esta dirección si estás dispuesto a perdonarme por lo que he hecho. Perdón.
Tu esposa, Sandra.
Eso era todo.
Marcos lentamente cerró la puerta y se dirigió a su habitación, con la carta en la mano. Se sentó en la orilla de la amplia cama. Abrió un cajón cercano e introdujo allí la carta, sin reflejar emoción alguna en su rostro. Se quedó quieto por unos minutos, sentado y con las manos colgando a los costados, con los hombros caídos, la mirada desenfocada, y con la mente totalmente revuelta. Un sonido lo distrajo, el mismo sonido que había escuchado el día anterior a bordo del barco. Se levantó y miró por la ventana, que daba hacia la costa. A lo lejos vio los enormes cuerpos grises y las colas saliendo y entrando del agua. Una de las ballenas se acercó demasiado a la costa casi tanto que parecía que quedaría barada en la arena. Era como si intentaran decirle algo, o eso le pareció. Y, en efecto, esos magníficos animales le decían cosas, aunque él no las comprendía, pues no comprendía el significado de su canto.
Le contaban sobre lo que había hecho la humana que las había entendido y ayudado; le contaban sobre su historia y sobre sus anhelos; le contaban sobre el sueño de su especie, el sueño de la ballena. De su anhelo de regresar a su hogar, entre las estrellas.
enero 07, 2011
Sólo en Yahoo! Preguntas
Ya no sé que pensar sobre estas cosas. Recuerdo que, no se dónde, leí que el tipo de personas que suele formular estas preguntas no es capaz de manejar una computadora (chiste), pero aquí, desafortunadamente, vemos que sí, ¡y además saben escribir! Pero esto no es todo, amiguitos, con unos cuantos clicks fui a dar con otras preguntas del mismo usuario. Veamos cuanta sabiduría hay en ellas. En todas ellas ataca a los ateos.
Y para terminar...
En opinión de Stephen Hawking y de otros astrofísicos, lo que hubo antes del Big Bang (claro, el tiempo comenzó en el instante del Big Bang, así que ese "antes" correspondería a lo que hubo antes del tiempo. En el caso de un universo cíclico, por ejemplo, que va de un Big Bang a un Big Crunch y repite ese mismo ciclo, lo que hubo "antes" del Big Bang correspondería al universo anterior) no tiene relevancia ni trascendencia en nuestro universo actual.
enero 06, 2011
Los guardianes
Cuando era muy pequeño un día a mi padre se le ocurrió darme un paseo por la calle. Sí, es algo como lo que haría cualquier padre, el problema es que recientemente se había quedado temporalmente ciego, y usaba unos lentes de sol, enormes, típicos de la época. Cuando mi madre vio aquello, se molestó mucho y regañó a mi padre.
También, a mi hermano yo lo torturaba un poco, frecuentemente le jalaba los cabellos mientras apoyaba mis pequeños pies en sus hombros y, con fuerza, ¡jalaba!. Pero era un pequeño bebé indefenso, así que ¡era inmune!, nadie podía agredirme porque era muy frágil (aún lo soy). Luego, cuando fui creciendo ya no tuve esa inmunidad.
Bueno, se me ocurrió escribir algo sobre eso, desde una hipotética perspectiva. Es el día de los Reyes Magos, esos tres viajeros interestelares venidos de Alnitak, Alnilam y Mintaka que le trajeron regalos al androide Jesús, pero a mi no me trajeron nada. En fin... Feliz Día de Reyes.
También, a mi hermano yo lo torturaba un poco, frecuentemente le jalaba los cabellos mientras apoyaba mis pequeños pies en sus hombros y, con fuerza, ¡jalaba!. Pero era un pequeño bebé indefenso, así que ¡era inmune!, nadie podía agredirme porque era muy frágil (aún lo soy). Luego, cuando fui creciendo ya no tuve esa inmunidad.
Bueno, se me ocurrió escribir algo sobre eso, desde una hipotética perspectiva. Es el día de los Reyes Magos, esos tres viajeros interestelares venidos de Alnitak, Alnilam y Mintaka que le trajeron regalos al androide Jesús, pero a mi no me trajeron nada. En fin... Feliz Día de Reyes.
Me parece divertido hacer esto, realmente me divierte. Sé que estoy relacionado de cierta forma con él, porque él casi siempre está aquí, aunque es más grande que yo. Ahora tengo mis pies —o así he escuchado que los llaman— en los hombros de él, jalando de su cabello con mis manos. Pies y manos y cabello son palabras que los guardianes me han enseñado. Veo que la criatura sufre, grita, mientras intenta librarse de mi, para que deje de tirar de sus cabellos. Me carga por los aires. Es muy emocionado con esta sensación de ingravidez, y veo todos los objetos moverse alrededor mío. Siento un ligero mareo.
La criatura me deja en el suelo y se aleja, y yo tengo los pies descalzos. Siento frio. Ahora me rodean esas paredes que no me permiten salir. Con gran esfuerzo me arrastro, moviendo mis piernitas una y después otra, y llego a una de las paredes y la golpeo con mi palma, pero no cede. Tal vez si lloro un poco me saquen de aquí.
A lo lejos veo acercarse a uno de los guardianes, viste como casi siempre: una camisa a cuadros y rayas, con botones, y un pantalón. Su cabeza es una espesa jungla y la mía —palpo mi cráneo con mis manitas— apenas tiene algo de cabello. El guardián se inclina y me toma con sus enormes manos velludas y me pone sobre su hombro. Me dice algo que comprendo con dificultad, creo que me dará un paseo. Pero se dirige hacia la puerta. Nunca he salido por la puerta. Mi emoción aumenta y comienzo a bailar, aunque el guardián me dice unas tiernas y suaves palabras y yo me tranquilizo.
¡Oh, esa luz! Esa luz es hermosa, y el aire sopla en mi cara. La iluminación del exterior es muy intensa y yo cierro mis ojitos y parpadeo sin cesar. Hay figuras borrosas en el exterior que yo nunca habia visto antes, me resulta difícil asignarles alguna correlación con las cosas que ya conozco, así que me confunden. Estoy muy confundido. Pero el guardián camina y yo sigo observando el entorno y viendo los detalles, aunque el todo me parezca ininteligible. Recuerdo haber visto cosas similares a esto, cuando desde la fortaleza de las cuatro paredes miraba hacia la ventana, cuando no la cubrian las cortinas.
Miro los grandes ojos negros del guardián. He llegado a la conclusión de que ellos mudan sus ojos, pues éste ahora tiene unos más grandes que los que tenía antes, y de color negro, completamente, ya no hay blanco, aunque reflejan las formas vagas que están al frente. Veo algo extraño reflejado, y no me asusta, ya conozco los espejos y sé que soy yo mismo. Sus ojos son como oscuros espejos.
Ya nos hemos alejado un poco de donde salimos. Empiezo a encontrar patrones en las cosas que veo: hay muchos colores pero cada cuadro de color es más o menos del mismo tamaño.
Un guardián que nunca había visto antes pasa a lo lejos y se mete a unos de esos cuadros de color por un rectángulo de un color diferente. También hay otras cosas extrañas y brillantes, más grandes que un guardián, con patas circulares; sé que los he visto antes, en el televisor.
Allí viene el otro guardián, aunque he escuchado que se refieren a él como “ella”. Ella, el segundo guardián, corre, parece que nos quiere alcanzar. Toma al guardián que me lleva cargando, lo toma por un hombro y éste se detiene cerca de algo largo, clavado en el suelo y que en la punta tiene un cuadrado que dice algo que no entiendo. La guardiana dice algo y el guardián responde. Al parecer han regañado al guardián, lo sé por el tono que usa la guardiana, el mismo que usan conmigo cuando hago algo que se me prohibe.
Ella me quita de los brazos del guardián y me carga sobre su hombro. Luego regresamos de donde salimos, a nuestro cuadrado de color.
enero 04, 2011
Recordar el futuro
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| Olaf Stapledon |
Recientemente leí La última y la primera humanidad de Olaf Stapledon, un libro maravilloso, que narra la travesía de las especies humanas a través de las eras en nuestro sistema solar. Cito una parte de ese libro:
"Ahora bien, es cierto que los hechos pasados son lo que son, de manera irrevocable; pero en ciertos casos algunos aspectos de un evento del pasado pueden depender de un acontecimiento del futuro lejano. El hecho pasado jamás habría sido como realmente fue —y es, eternamente—, si no fuera a ocurrir cierto acontecimiento futuro, el cual, aunque no sea contemporáneo del hecho pasado, lo influye directamente en la esfera del ser eterno. El transito de eventos es real, y el tiempo es la sucesión de hechos que pasan; pero, si bien esos hechos se dan en tránsito, también tienen una existencia eterna. Y, en ciertos casos raros, hechos mentales muy separados en el tiempo se determinan mutuamente de forma directa por medio de la eternidad.
Nuestra propia mente ha recibido profundas influencias por la incidencia directa de mentes del pasado, y ahora descubrimos que ciertos sucesos de ciertas mentes del pasado están determinados por acontecimientos presentes en nuestra mente presente. Sin duda hay algunos hechos mentales pasados que son lo que son en virtud de procesos mentales que realizaremos, pero que aun no hemos realizado.
Podría preguntarse, pues: ¿qué ocurre si, con respecto a una "singularidad" particular en alguna mente del pasado, no decidimos, después de todo, a ejercer la necesaria influencia para dar cuenta y razon de ella? La cuestión no tiene sentido. No existe posibilidad alguna de que decidamos no influir en las mentes del pasado que dependen, de hecho, de nuestra influencia. Pues es en la esfera de la eternidad —el único lugar en que encontramos las mentes del pasado— donde realmente tomamos esa libre decisión. Y, en cuanto a la esfera del tiempo, si bien la decisión se relaciona con nuestra era moderna y se puede decir que ocurre en esa era, también se relaciona con la mente del pasado, y se puede decir que ha ocurrido hace mucho tiempo."
Bien, esta parte del libro habla sobre que los eventos del pasado están determinados, algunos de ellos, por los eventos del futuro, y que tanto pasado como futuro son uno desde el marco de la eternidad. De hecho hay un ser de la Última Humanidad que le comunica al autor lo que está escrito en el libro. Esta idea del tiempo sale a la luz también en la novela El fin de la infancia de Arthur C. Clarke, donde la imagen clásica del demonio, con cuernos, cola y alas membranosas, no es más que la fisionomía de los extraterrestres con los que se encontrarían después, que vienen a ayudarnos en nuestra transición como especie, al término de la infancia de la Humanidad.
Puede decirse que equivale a recordar el futuro. Precisamente Artur C. Clarke estuvo influido por esta novela de Stapledon, y una vez dijo: Ningún libro ha impactado tanto mi imaginación.
Y también ha impactado la mía, pero considero una obra lo ha hecho más, precisamente del mismo autor, Hacedor de Estrellas. Las otras dos que he leído de éste magnífico filósofo y escritor son Juan Raro y ayer leí Sirio, esta última habla sobre un perro con una mentalidad humana o más que humana, que fue criado junto con una niña, hija del creador del perro, y resulta muy interesante el tipo de relación que hay entre la mujer y el perro.
Pero Stapledon considera que no podemos alterar el pasado, ya que este se conserva en la espiral del tiempo, en la que influimos desde el futuro pero conservando la forma de la espiral. Es como en mi relato Continuidad, donde Alfred Lowell tiene un hijo con su propia abuela, que es su propio padre, en este caso la espiral del tiempo forma un bucle sobre sí misma. Esto no es contradictorio ni presenta paradojas, a mi parecer. La idea también la toman muchos escritores, como en el caso de un relato o novela (no lo he leído porque no encuentro el nombre ni el autor. Si alguien sabe cómo se llama, agradecería mucho que me diera la referencia) donde alguien viaja al pasado en la época de Jesús pero se da cuenta de que no es el Jesús que él se esperaba, entonces el viajero termina muriendo en la cruz, y él se vuelve realmente el mismo Jesús. Y esta es la historia que conocemos, así que no alteró la historia y no se genera paradoja alguna. Yo llamo a esto intervención permisible.
enero 03, 2011
Las cenizas de los vencidos
Sam Higgins, en su bien iluminado estudio, daba las últimas y delicadas pinceladas a un cuadro no terminado desde el año anterior, cuando había hecho un viaje a Mintaka b para retratar la vida de los nativos orionitas. El cuadro representaba a un orionita de la raza mintakiana, con su característica piel azul, en primer plano, y atrás de él un mercado de esa región. La memoria fotográfica de Sam lo ayudaba bastante en su trabajo. Pintó, con una sola y continua pincelada, uno de los hilos que sobresalía de la deshilachada prenda del nativo. Prosiguió a pintar un segundo hilo pero el golpeteo de la puerta le interrumpió. Dejó el pincel y se levantó de su banquillo.
—Hola —saludó un hombre vestido con sombrero y traje negro. Se quitó el sombrero y abrazó animosamente a Sam—. Me alegra mucho verte.
—A mi también, Walter —Sam cerró la puerta y le ofreció asiento—. Llegas antes de lo previsto. Tu estancia en Aldebarán... pensé que estarías dos meses más.
—No habrá veleros para esa fecha —dijo Walter, inspeccionando en lugar—, el transporte es escaso en esta temporada, así que si me quedaba más, sería mucho más tiempo, hasta que el próximo velero zarpase, eso es en cinco meses —Walter se quitó el saco y se colocó su maletín sobre las piernas. Lo abrió—. Te tengo una sorpresa —dijo.
—¿Qué es? —preguntó Sam, absorto en la pequeña caja que su amigo sacaba del maletín.
—Un regalo de nuestros amigos taurinos.
—No creo que sean “nuestros amigos”, nos declararon la guerra hace años. Me regresé antes que tú porque la colonia humana en la que me quedé había sido atacada —no alejó la mirada de la caja— ¿Eso es...?
—Un pigmento especial. El mismo tono de la piel taurina. Es para tus pinturas.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó, mientras analizaba la caja y el contenido.
—En el mercado negro.
Sam se sorprendió. Sabía lo que eran, las cenizas de los taurinos que habían sido aniquilados durante la guerra. Tomó un poco de esas cenizas y las mezcló con aceite. Con un pincel revolvió bien la mezcla y dibujó una línea zigzagueante en una tela con varios manchones más. Alzó las cejas y miró a Walter. Luego sonrió y lo abrazó de nuevo.
Sam tenía terminado el boceto del cuadro y lo comenzó a pintar. El nuevo pigmento era maravilloso, representaba la piel taurina como dificilente se hubiese podido lograr con simples mezclas cromáticas. Ahora tenía en mente una imagen que le impresionó mucho en su visita a uno de los dos planetas habitados del sistema de Aldebarán, Aldebarán d: dos taurinos, exiliados en una colonia humana, peleándose por un bebé. Cada uno jalaba al pequeño, uno de los brazos y otro de las piernas. El niño lloraba y la madre, con su único seno balanceándose en el aire, pues sólo llegaban a tener un hijo cada vez, intentaba separarlos sin mucho éxito. A Sam no le importaba ser estilizado en las elecciones de sus pinturas, prefería representar el realismo donde lo viere.
Estuvo varios días metido en su estudio, que era realmente todo lo que comformaba su casa, un departamento realmente, junto con el baño. Pronto había terminado el cuadro, salvo por un espacio en blanco en la esquina inferior derecha, donde Sam no recordaba lo que allí había, así que lo dejó para cuando lo recordase. Era fantástico, tanto por la escena que mostraba como por el efecto causado debido al nuevo pigmento. Sam comió un sandwich y esa noche durmió como hacía muchos días que no dormía.
Un jarrón. Sam se despertó precipitadamente y se quedó sentado un momento en la cama. Eso es lo que estaba en la parte inferior izquierda de su campo visual en el momento de su captura mental de la escena. Un jarrón color marrón con espirales blancas, con la forma de una molécula de ADN, rodeando la boquilla.
Se levantó, alegre, de la cama. A dos metros tenía todos sus materiales de pintura. Vio el lienzo y un asombro se apoderó de él. Estaba como la noche anterior pero había algunos espacios en blanco, donde deberían estar pintados los taurinos. En el suelo notó unas gotas de lo que parecía ser sangre. Se agachó y corroboró que efectivamente se trataba de sangre. Se palpó el rostro y los brazos y se revisó para ver si tenía alguna herida. Sam sintió un gran estremecimiento, porque no podía provenir de él ni de su amigo que había estado hace días en la casa. La sangre estaba fresca.
Intentó tranquilizarse y se tumbó sobre su cama. Tomó el control remoto y encendió el televisor. Se transmitía una noticia sobre un gran alboroto causado por la presencia de tres individuos taurinos y un bebé, se desconocía completamente cómo habían llegado a la Tierra, presumiblemente habían viajado ocultos en uno de los veleros que iban y venían de Aldebarán. Los individuos pronto habían sido capturados por el servicio de defensa.
Tocaron la puerta. Era Rick, el vecino.
—Sam —dijo, tirándose de los cabellos—, ¿ya sabes lo que pasó?
Sam, aún confundido por lo que había pasado en su departamento balbuceó algunas palabras ininteligibles.
—Los taurinos —dijo Rick, alterado—. Entraron en este edificio y causaron un enorme pánico. Los logramos echar y luego vino la policía y se los llevó —echó un vistazo hacia el desacomodado departamento —. ¿Los viste?
Sam fijó la mirada en un punto sobre el hombro de Rick y luego hacia el interior de su estudio.
—No —respondió y cerró la puerta.
—Sam —se escuchó la voz apagada de Rick detrás de la puerta—. Sam, ¿te encuentras bien?
Caminó hacia su banquillo, donde cerca estaban sus pinturas. En la mesa estaba el nuevo pigmento que había usado para pintar a los taurinos. Tomó la caja con cenizas entre sus manos y, controlando su agitada respiración, contempló el lienzo.
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