enero 17, 2013

Autor, personaje

No pude esperar al sorteo de marzo para acariciar la oportunidad de tener a alguno de los personajes más cotizados que ofrece la agencia.
            Llevaba varios meses escribiendo historias que tenían como protagonista al mismo sujeto. No es que no me gustara la forma en que ese protagonista hacía lo que yo plasmaba con los tecleos de mi ordenador, ni mucho menos era que no me agradara como persona... je. Personaje. Simplemente quería que mis historias tuviesen un héroe diferente.
            Así que fui con Igor Trovotskyn.
            Verán, yo conocía a Trovotskyn por un cuento que leí de uno de mis compañeros de la Agencia de Escritores. Les juro que quedé fascinado por cómo Trovotskyn hacía todo lo que mi compañero le encomendaba a hacer en su historia. Asumía su papel de protagonista con un aire lleno de energía y tomando siempre la iniciativa, como un héroe verdadero tiene que comportarse.
            Y no es que mi compañero fuese un gran escritor, ¿para qué les miento? En la agencia hay escritores pésimos pero que brillan de vez en vez no por méritos propios sino porque han sabido elegir a sus personajes. Es que la elección de personajes, y sobre todo de un protagonista, pesa mucho en lo que se quiere contar.
            Bueno, como les decía, leí la forma magistral en la que Trovotskyn hizo su trabajo como protagonista (pues reivindicó por qué era él el protagonista) y de inmediato quise que él estuviera en uno de mis cuentos.
            No es que yo sea un mal escritor y quiera colgarme de la genial manera en la que Trovotskyn hace su trabajo, pero es que yo tenía pensado un gran cuento y en ese gran cuento sólo podría estar un gran protagonista: el gran Igor Trovotskyn.
            Así que hice algo que no necesariamente era legal dentro de la agencia, pues, ya saben, no quería esperarme hasta el sorteo. Se supone que tenía que esperar a que me asignaran un nuevo protagonista, pero quería tener más libertad al respecto. ¿Por qué dejaría que la Agencia de Escritores me impusiera a mis protagonistas? ¿Por qué yo no podría elegirlos, si al fin y al cabo se trata de mis historias?
            Entonces encendí mi ordenador portátil, esperé ansiosamente los segundos que tarda en arrancar y luego abrí un documento en blanco del editor de textos. A mitad de la habitación se abrió el pequeño portal que luego se dilató para permitir que algo de mi tamaño lo atravesase.
            Entré en él.
            Se supone que sólo desde la agencia podemos hacer eso, y sólo en ciertas fechas del año, pero, demonios, necesitaba a Trovotskyn, ese cuento no podía esperar más para ser escrito.
            La imagen de mi desordenada habitación se desvaneció y aparecí en un terreno donde la vegetación predominante era un pasto amarillento y seco. De fondo, alzando la mirada, pude ver una enorme lanzadera espacial.
            A unos quince metros delante de mí había una pequeña casa de madera, de aspecto frágil y abandonado. Me acerqué a la casa y, dudando, di tres golpecitos en la puerta. Escuché el tosido de alguien en el interior y luego el corte de cartucho de una escopeta. Di un paso hacia atrás. Toqué mi cinturón y me di cuenta de que no había traído mi tubo de van der Waals. Aunque ¿de qué serviría un tubo de van der Waals contra un personaje de cuento? Sin embargo, me sentía desprotegido.
            —¿Quién es? —escuché una voz que venía desde dentro.
            Ahora estaba seguro que había llegado al lugar correcto. Tal vez el estar desarmado no sería un problema, aunque nunca había llegado a la casa de un personaje en un horario no oficial, y uno nunca sabe cómo puede reaccionar alguien que ha viajado en una nave cartográfica con motor autístico a la Nebulosa de Orión sólo para patearle el trasero al senado de la alianza y así evitar una guerra de dimensiones galácticas.
            —Soy... —respondí—. Soy un autor.
            Esperé, y después de veinte segundos pensé que no me abriría, pero la puerta se abrió rápidamente y apareció un sujeto de rasgos duros, cabello algo largo, revuelto y canoso como su barba. Sentí un profundo respeto al verlo, pues sabía todo lo que había hecho (claro, siempre hacía lo que los escritores de la agencia le habían ordenado, pero aún así ese hombr... personaje había estado en lugares que yo apenas había imaginado y se había encontrado con seres que no existían salvo como personajes de las agencias de escritores de las especies alienígenas de los demás planetas habitados, con los que la agencia de la que formo parte tiene un convenio de cooperación. Imagínense, de otra manera, las historias que se podrían escribir con la limitación de la mente humana, serían muy pobres en contenido, y con esta cooperación con las especies alienígenas podemos introducir en nuestras historias personajes y situaciones que ninguna mente humana podría imaginar).
            —¿Se puede saber qué desea? —me preguntó Trovotskyn.
            —Sí, sí. La verdad es que estaría encantado de que usted fuera el protagonista de mi próximo cuento.
            Me dirigió una mirada tan fría como el clima siberiano en el que él había crecido.
            —Estoy trabajando para alguien más —dijo.
            Sí, en efecto, estaba trabajando para mi compañero.
            —Lo sé —le dije—, pero tengo entendido que el autor para quien trabaja se retirará del oficio mañana en la mañana.
            Trovotskyn alzó una ceja.
            —¿Me está tomando el pelo? —preguntó.
            —No sería capaz. Es más, tengo el documento que lo avala —le mostré el papel que había fotocopiado secretamente de la oficina del jefe de la agencia. Sí, ya sé, como se darán cuenta, no suelo hacer las cosas de la manera más ortodoxa.
            Trovotskyn leyó el documento y luego me miró.
            —Y ¿sabe por qué ha decidido dejar la agencia?
            Me encogí de hombros.
            —Hace unos días me dijo emocionado que había ganado la Olimpiada Nacional de Repostería. Creo que viajará a Uzbekistán para la fase internacional.
            Trovotskyn me regresó el documento y permaneció parado en el marco de la puerta, observando su escopeta, y yo no pude menos que sentirme intimidado, pues no sabía lo que un hombre... personaje, que había rebanado las veinticuatro cabezas del protector de las lunas de Prometeo, era capaz de hacerle a un simple autor de ciencia ficción. Se los digo porque he leído todo lo que los autores de la agencia han escrito sobre él.
            De pronto, Trovotskyn abrió más la puerta y, con un ademán de invitación, me dijo:
            —Pasa.
            Y yo pasé.
            Fue cuando comprobé que todo lo que se decía acerca de los recursos que la agencia les da a los personajes era real. Si por fuera la casa se ve como un cacharro viejo y a punto de derrumbarse, por dentro era una extrapolación, o más bien interpolación, de ello.
            Una madera, que se veía que había sido colocada provisionalmente, sostenía, como un pilar, una de las vigas del techo de la casa. No soy arquitecto, pero sé algo de física, pues la ciencia ficción inevitablemente se sustenta en la ciencia y viceversa, y algo me decía que esa madera creaba un balance muy precario de fuerzas y evitaba que todo el lugar se viniera abajo.
            Pero eso no era ni remotamente todo. La cama era una sábana sucia sobre el suelo y el baño era un tazón de cereal junto a la cama, que por suerte estaba limpio. Y no había mucho más, salvo algunas cosas como una navaja de rasurar, que se veía que no usaba desde hacía varias semanas, y algunos artículos personales, incluidas unas treinta armas de todos los calibres.
            Entre el montón de armas dejó su escopeta.
            Tomó una camisa y la puso sobre el suelo de tierra y pasto.
            —Siéntate —dijo. Él se sentó en la sábana que era su cama.
            Hice lo que me dijo y vi el techo y la madera que lo sostenía con desconfianza.
            —Veo que la agencia no te ha dado un buen sitio para estar —le dije.
            —No se trata de eso. Yo elegí este lugar. Me gusta lo precario, me gusta el peligro, me gusta el peligro precario —tomó una ametralladora y disparó una ráfaga a la madera que sostenía el techo. Todo el lugar vibró y la madera, de puro milagro, seguía sosteniendo el techo—. Entonces ¿quieres que sea el protagonista de tu siguiente cuento? —preguntó, sin levantar la vista de sus treinta y un armas.
            —Así es. Será el mejor cuento en el que hayas estado.
            —¿Por qué? —dijo.
            Y entonces le conté de qué se trataría. Mientras escuchaba, una expresión de insatisfacción fue creciendo en su rostro y yo no tenía idea de a qué se debía. Antes de que terminara de hablar, me interrumpió:
            —¿Y quieres que yo haga todo eso?
            —Exactamente. Tú eres quien podría hacerlo mejor que nadie. —No sabía de qué otra forma planteárselo. Por la mueca de su rostro, sospechaba que yo estaba haciendo algo mal. ¿Acaso no los autores, o al menos los directores de la agencia, solían pedirle cosas como esta todo el tiempo?
            —Algún día tendrá que terminar con todo esto —dijo como para sí.
            —¿Terminar con qué? —pregunté, con la mejor de las intenciones.
            Me dirigió una mirada fulminante, como aquella mirada que le dirigió al secretario de comercio de la Alianza de Naciones para que se restableciera las exportaciones hacia los sistemas aislados por la guerra que amenazaba con acabar con toda una civilización; ese cuento me gustó realmente.
            —Escucha —le dijo—, tú eres un autor, tú nunca sabrás lo que es seguir órdenes y llevarlas a cabo a la perfección. Tú trabajas por tu cuenta y sin restricciones —en eso se equivocaba, pues en la agencia nos limitaban los personajes a elegir, aunque comenzaba a sospechar por qué—, en cambio un personaje necesita apegarse a lo que un autor escribe, siempre haciendo esto y haciendo lo otro, cruzando la galaxia y extinguiendo especies extraterrestres enteras para satisfacer los deseos de quien se sienta frente a su ordenador y llena hojas en blanco. De vez en cuando incluyen algo de romance en las historias que yo tengo que protagonizar, y eso se agradece, pero se olvidan de que no soy un juguete a quien pueden usar como se les dé la gana. He tenido que luchar contra enemigos que han afectado mi salud, no tienes ideas de qué tantos medicamentos tengo que tomar ahora, y he tenido que morir muchas veces, aunque luego reviva. ¿Crees que es bonito lo que se siente justo antes de la muerte, sobre todo si esa muerte tarda horas y días en llegar? Y siempre siguiendo los deseos de un autor a quien la mayoría de las veces no le veo la cara.
            Hablando de cara, cuando terminó de hablar, su cara estaba tan roja como si se hubiese quemado por días, en una atmósfera de fósforo, a la luz de las estrellas binarias tipo M del sistema de Hacknar.
            No tenía idea de que pensara eso de su trabajo.
            Su respiración era agitada. Escuché sonar algo como una alarma y Trovotskyn se sobresaltó. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una especie de teléfono y leyó el mensaje que se mostraba en la pantalla, luego guardó el aparato.
            —Tengo que irme —me dijo.
            —¿A dónde irás?
            —Tengo que protagonizar otro cuento. Tenías razón, me informaron que este será el último cuento que tu compañero escriba, mañana se retirará.
            Siempre me impresionó la habilidad de mi compañero de escribir cuentos tan malos, aún teniendo como protagonista al gran Igor Trovotskyn, aunque éste siempre se lucía con lo poco que tenía a su disposición. Sabía que el personaje se merecía algo mejor.
            Se levantó, cargó un par de armas a su espalda y salió de la pequeña casa sin esperar a que yo me retirara primero de ahí. Me asomé por la puerta y lo vi perderse a lo lejos.
            Y, bueno, allí estaba, solo en la casa de un personaje a quien admiraba, y eso sólo podía significar una cosa. Tuve cuidado de no revolver sus cosas, que ni tenía muchas, para que luego no se diera cuenta de que había estado husmeando entre sus pertenencias. Ni siquiera me acerqué a sus armas, pues ya sabía yo que quien tocara alguna de esas armas, y no fuera Trovotskyn, se arriesgaba a que ésta explotara en su rostro (mis pulposos compañeros disfrutaban escribir este tipo de cosas).
            En una esquina de la pequeña casa, y me sorprendí porque no la había visto antes, había una pila de hojas. Me senté en el suelo y comencé cómodamente a ver qué había escrito en ellas. Resultaba que eran cuentos. Pero no sólo eso, estaban firmados por un nombre que me pareció muy extraño leer en otro lugar que no fuera el contenido del cuento: Igor Trovotskyn.
            Conté más de treinta cuentos, todos con su nombre en el lugar del autor. ¿Acaso los había escrito él? Los títulos no eran los de algún cuento de mis compañeros de la agencia. Me levanté y me asomé por la puerta abierta para ver si no venía de regreso, pero no había rastro de él. Si de verdad había salido para protagonizar un cuento, no vendría al menos en unas cuantas horas. Cerré la puerta.
            Tenía tiempo suficiente, así que me di a la tarea de leer todas esas historias.
            Resulta que al menos la mitad de ellas eran las mejores que había leído en mi vida y el resto de ellas eran simplemente brillantes, superaban con creces a las que habían escrito mis compañeros de la agencia e incluso a las mías y a las de los mejores autores del género.
            Mientras las leía, me imaginaba siendo el protagonista de esas historias. Viajé a bordo de naves cartográficas hasta los límites de la galaxia, acompañado de eternos ingenieros tortuga; me teletransporté distancias colosales sólo con el pensamiento; ayudé a personajes inverosímiles a armar rebeliones dentro de una sociedad que ya había olvidado sus orígenes; conviví con especies alienígenas que desafiaban a mi comprensión; escapé de un mundo donde no existían las mentiras y para ello tuve que mentir; fui el creador de un robot orgánico que, con un pensamiento del que yo no tenía ni un atisbo, demostró que nada era real excepto él.
            Y en todo eso, cuando al final me di cuenta que, aunque yo, de cierta forma, con mi imaginación, había protagonizado todas aquellas hermosas historias, de verdad quería tener la oportunidad de vivir algo así alguna vez en mi vida y que fuese una experiencia real, más real que la que brinda la lectura o la escritura.
            Levanté la mirada.
            Aún no había rastro de Trovotskyn.
            Me detuve un momento a leer los nombres de los personajes; eran nombres que ya no se usaban actualmente, personajes que ya no trabajaban para la agencia, aunque había algo de familiaridad en ellos y luego recordé que eran los mismos de quienes había leído tantas historias en mi juventud.
            No sé cuánto tiempo estuve leyendo pero, cuando levanté la mirada, ahí estaba Trovotskyn, observándome. Había regresado de otro cuento.
            Lo miré. Todos saben que los personajes envejecen más lentamente que cualquier humano, aunque no por ello se salvan de la inexorable muerte, ni siquiera si un autor escribiese que tal personaje es inmortal. Sus rasgos duros, las arrugas y las canas prematuras añejaban su rostro, aunque —recordé la fecha en la que la agencia decía que había nacido el personaje— ya debía de rondar los noventa en edad aunque parecía tres veces más joven.
            Es de dominio público que los personajes sobreviven a los autores.
            Evidentemente Trovotskyn se dio cuenta de lo que había estado haciendo, pues sus rasgos se endurecieron aún más y se acercó para arrebatarme la pila de hojas que ya había leído.
            —¡Largo de aquí! —me dijo. Dejó la pila en el suelo y me apuntó con una de las armas que llevaba consigo, un rifle de van der Waals, y entonces decidí que sería mejor hacerle caso o terminaría siendo un charco de fluidos en el suelo que pronto sería absorbido por la tierra y nutriría a la vegetación. No me atraía para nada esa perspectiva, aunque fuese buena para el pasto—. ¡Largo! —dijo de nuevo.
            —Me iré, me iré —le dije, mientras permanecía de pie sin dar un solo paso, la verdad es que no tenía intenciones de irme de ese lugar—. Sólo estuve leyendo los cuentos que encontré en una esquina.
            —¿Que hiciste qué?
            —Son muy buenos —le dije, aunque pensé que quizá sería mejor cerrar la boca—. No sabía que escribieses.
            Su expresión no auguraba nada bueno, aunque, de un momento a otro, bajó el rifle de van der Waals y su rostro se apaciguó.
            —Escribía —dijo con melancolía.
            Esa revelación implicaba más cosas de las que a simple vista pudieran notarse.
            —¿Por qué dejaste de hacerlo?
            —Porque comencé a ser un personaje.
            Quería saber más pero a la vez no. En la agencia, se acepta sin rechistar que los personajes no son seres humanos, sino simples herramientas básicas para un autor. Pero si Trovotskyn no era un ser humano, ¡que me cuelguen!, ¿entonces qué diantres era? Evidentemente la agencia ocultaba algo, o muchas cosas, más bien.
            —Una vez fui un autor, como tú —dijo—. Sin embargo cada vez me fue atrayendo más la labor del personaje. Un autor sólo se sienta frente a su ordenador o su cuaderno y comienza a escribir, plasmando lo que tiene en la mente, y de cierta forma vive lo que imagina, lo cual no es algo que se deba despreciar, pero esas cosas no le ocurren realmente; en cambio a un personaje sí, pues es él el encargado de hacer todo lo que el autor escribe, y vive más aún que lo que el autor vive.
            —Y ¿cómo es eso posible?
            —¿Te refieres a haber sido autor y luego personaje?
            Asentí con la cabeza.
            —La Agencia de Escritores tiene una división para ello —dijo—, claro que eso lo supe sólo hasta que presenté mi renuncia como escritor. Sí, renuncié, y ellos e preguntaron por qué dejaba la agencia. Les dije la verdad, y ellos me hicieron saber que podría tener una segunda oportunidad, esta vez como personaje de cuentos. En ese momento me fascinó la oportunidad de vivir realmente lo que ocurre en los cuentos. Les presenté mi solicitud y la aprobaron.
            —¿Hace cuánto hiciste eso?
            —Hace casi medio siglo.
            —Por eso tienes noventa años pero pareces de treinta y cinco. El tiempo ha pasado muy lento para ti desde que eres personaje.
            —Así es. Pero ya no quiero seguirlo siendo más. Este ha sido el último cuento que protagonizo. Sólo que no podré dejar de ser personaje por una vía directa, pues la agencia sólo permite que alguien se cambie una sola vez y yo ya lo hice hace cuarenta y cinco años.
            —¿Entonces cómo piensas hacer eso?
            —Soy Igor Trovotskyn —fue su respuesta, y eso lo explicaba todo—. Hay muchas cosas que la agencia no te ha dicho pero que son posibles, letras pequeñas en los contratos que has firmado y que han limitado tu labor, que si supieras como usar esos elementos en tu favor serías capaz de crear los universos más fascinantes que nadie ha imaginado aún. La agencia no es perfecta y puedes atacarla a través de sus propias inconsistencias.
            —Pero eso no es suficiente. ¿Cómo podrás actuar e ir contra la agencia? Necesitarás ayuda. Necesitarás a un autor.
            Trovotskyn me miró con una dura sonrisa en el rostro (cualquier gesto que él hacía era duro).
            Y no se imaginan lo que siguió. Bueno, quizá si.
            Regresé a mi mundo, a tu mundo (sí, donde vives y has vivido toda tu vida, estimado lector), con una emoción que no había disminuido desde que abandoné el universo donde los sueños ocurren, y encendí mi ordenador portátil. El tiempo que el escritorio tarda en aparecer fue más desesperante que de costumbre, pero ni eso me desanimó. Abrí el editor de texto y me enfrenté con la página en blanco, aunque ése era un enemigo que ya había derrotado muchas otras veces.
            Comencé a teclear.
            En el cuarto párrafo, me sobresalté cuando me descubrí escribiendo las palabras “dijo Trovotskyn” después del guión largo. Y, mientras escribía, sabía que gran parte de lo que estaba creando en ese momento estaba ocurriendo a mi alrededor, en mi propio mundo.
            Hay muchas lagunas legales en los contratos de la agencia.
            Nos aprovechamos de eso.
            Interferimos en el cuento de otro autor (a quien se le permitió usar a Trovotskyn como personaje), de forma que las acciones de Trovotskyn en el cuento llamaran la atención del jefe de la agencia. Pero la atención no recaía en el propio Trovotskyn sino hacia el otro autor, pues éste autor había usado al personaje de Trovotskyn de una manera inadecuada, aunque nadie sospechaba que tales manipulaciones realmente provenían de mí.
            El punto es que el otro autor fue suspendido por un mes. (Si el resultado hubiese sido su expulsión definitiva, haber hecho lo que hice representaría para mí una tortura, pues dejar de ser escritor representaría la peor cosa posible para alguien que ama escribir.)
            Pero el beneficio de ese acto fue indirectamente, o tal vez deba decir directamente, a favor de Trovotskyn, pues por el perjurio que había sufrido al ser usado de esa forma (forma que no revelaré, pues ni el mismo Trovotskyn soportaría que tal cosa fuese conocida por alguien fuera de la agencia), se le concedió la oportunidad a Trovotskyn de poder elegir de nuevo hacer el cambio entre ser un personaje o ser un autor.
            Naturalmente, eligió ser autor.
            Así que dejó el universo de los cuentos y regresó al nuestro.
            Conviví directamente, desde este universo, con Trovotskyn. Fue agradable verlo escribir historias tan brillantes como las que había leído ese día en su pequeña casa que, de puro milagro, nunca se vino abajo.
            Pero cada vez que leía una de las historias de Trovotskyn, anhelaba con toda el alma ser el protagonista de tan maravillosas aventuras. Tal vez me tardé mucho en dar el paso que había estado deseando desde hace muchos años.
            Una mañana fui a la casa de Trovotskyn y me presentó a una bella joven que ya había visto en otras ocasiones junto a él.
            —Estamos planeando casarnos —me dijo Trovotskyn.
            Yo no pude hacer menos que alegrarme.
            Trovotskyn ya no tenía esa barba de antes, ahora su rostro estaba muy cambiado y hasta resultaba tener un atractivo particular. Y ahora era un gran autor que evidentemente disfrutaba de una vida que sólo podría tener en este universo.
            —Necesito que me hagas un gran favor —le dije.
            Mientras le iba contando lo que había planeado, su rostro se entristeció, pero al final entendió, pues tal deseo no le había sido ajeno. Se ofreció a ayudarme y yo me sentí halagado.
            Asistí a su boda, una gran celebración donde Trovotskyn me presentó a un viejo amigo suyo que había sido personaje y que había ayudado a dejar de serlo.
            Miré a Trovotskyn y nos dimos un fuerte apretón de manos. Yo no estaba triste ni él tampoco. Él acababa de hacer, hace un par de años, lo que le dictaba su corazón y yo ahora haría lo que me dictaba el mío.
            —Si quieres regresar —me dijo—, tan sólo dímelo y te traeré de vuelta al mundo donde una clase diferente de sueños ocurren.
            —Creo que pasará mucho para que me aburra de todo esto —respondí.
            —Entonces ahora tendré el honor de tenerte como protagonista en mis historias.
            —El honor será mío —dije.
            Atravesé el portal.
            Miré a mi alrededor y vi una llanura de vegetación verde azulada y, en el cielo, tres lunas que transitaban, una lenta y las otras rápidamente, en medio de un crepúsculo de tintes rosas y violáceos. Frente a mí había una casa, muy modesta realmente, aunque con vista a un mar de metano cuya superficie destellaba una luz polarizada elípticamente que no tendría sentido describir porque pertenecía a otro universo (uno de los aportes del intercambio con otras especies inteligentes del multiverso).
            Escuché un sonido extraño y me di cuenta que era mi comunicador de bolsillo. Era la primera vez que lo oía. En la pantalla del artefacto había un mensaje de texto:
            “En diez segundos serás el protagonista de un cuento”.
            Yo ya sabía quién sería el autor del cuento, y eso me llenaba de emoción. Sabía que los sueños de mi infancia y que me habían acompañado toda mi vida iban a hacerse realidad porque yo mismo los haría realidad.
            No pude más que pensar: “estoy preparado”. Pero la verdad es que no estaba preparado y al mismo tiempo lo había estado desde siempre.

enero 06, 2013

J.R.R. Tolkien

Hace tres días fue el 121 aniversario del nacimiento de John Ronald Reuel Tolkien, y hace tres días quería hacer esta entrada pero, por alguna misteriosa razón, no pude subir el dibujo que quería mostrarles. De Tolkien he leído El Señor de los Anillos y estoy leyendo El Hobbit; la trilogía me encantó y puedo decir que El Hobbit me está gustando. Hace más de un año hice un retrato de Tolkien, así que lo quería compartir aquí, aunque sea tres días después de su aniversario. Felicidades, Tolkien.

enero 03, 2013

Personas y cosas inesperadas

La publicación

En los meses anteriores hubo muchas sorpresas, además de haberme roto tres dientes, que vaya si fue una sorpresa. A mi correo me llegan actualizaciones de varias cosas, entre ellas cuando sale una nueva edición de NM. Uno de los correos era sobre la revista: había salido un nuevo número. Tranquilamente, leí los nombres de los autores de los cuentos que contenía y casi salto cuando veo que uno de esos nombres es el mío. Y pienso: “¡Qué! ¿Cómo es esto posible?”
           Eso fue el 1 de agosto del año pasado.
           Lo que ocurrió fue que el correo en el que Santiago Oviedo, el editor de la revista, me informaba que mi cuento había sido seleccionado para el número 25 no me llegó, así que no me enteré previamente que me publicarían. Fue una grata sorpresa. En agosto de 2011 me habían publicado “El evento Neandertal” (en el número 21 de la revista, agosto 2011) y el segundo fue, en esta ocasión, “Ahora los errantes seremos nosotros” (en el número 25, agosto 2012).
           Aunque este cuento no me gustó una vez que lo leí en la revista; lo había escrito hacía unos seis meses y le vi muchísimos puntos flojos y hasta pensé que hubiese sido mejor que no lo publicaran. No sé si esa sensación se debió a que en esos seis meses, desde que lo había escrito hasta que me lo publicaron y lo leí de nuevo, mi manera de escribir había mejorado, pues fui consciente de los fallos (al menos los que pude notar) que tenía mi cuento.

La tertulia

            No sé cómo ocurrió, si yo lo agregué a Facebook o él me agregó, el punto es que entre mis “amigos” estaba (está) Mauricio del Castillo, un escritor mexicano de Ciencia Ficción (que hace unas semanas publicó su primer libro: La Variable Multimillonaria y otros relatos) del que un día recibí una invitación para la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México.
            Yo tenía algunas referencias sobre esa tertulia, había entrado al blog de la misma unas cuantas veces antes, aunque sólo había visto sus entradas superficialmente.
            La primera cita fue el último sábado de septiembre en un restaurante Vips, y en la entrada me encontré con Mauricio, lo saludé y platicamos un poco. Sólo habíamos llegado nosotros, pero pronto llegaron más, aunque yo no supe al principio si venían a la tertulia o eran unos clientes cualquiera del restaurante. Entramos y nos sentamos en un par de mesas que estaban dispuestas juntas, en total éramos como 11 personas.
            Mauricio me había dicho que la dinámica de la tertulia era platicar de cualquier tema relacionado con la Ciencia Ficción. Casi no hablé, excepto cuando tuve que presentarme, pues era el chico nuevo. Escuché atentamente lo que los demás decían, y, en efecto, la conversación giró en torno a una gran diversidad de temas relacionados con el género.
            Fue muy agradable. Me sentía increíblemente raro en ese entorno pero a la vez muy cómodo. Eran personas bastante divertidas y que era evidente que sabían de lo que hablaban. Me parece que todos ellos escriben y varios han publicado. Yo me sentía como un niño en medio de ellos, no  en el sentido biológico, sino porque era el más joven de todos y el que creo que lleva menos tiempo escribiendo.
            Cuando ya me tenía que ir, aunque ellos se quedarían un poco más, pues ya era muy tarde (había llegado a las 5pm y llevaba ahí como 4 o 5 horas), me levanté, me despedí de todos, tomé mi mochila y abrí la puerta para salir. Lo malo fue que abrí la puerta equivocada, la de salida de emergencia, y la alarma del Vips comenzó a sonar con fuerza. Escuché las risas de los clientes, no sólo de los que habían ido a la tertulia, y yo también me reí, la verdad es que fue gracioso, aunque yo hubiera preferido que tal cosa no ocurriera.
            -Eso te pasa por querer irte rápido -dijo Mauricio del Castillo.
            No, la verdad es que eso me pasa por ser tan descuidado como siempre suelo ser.
            Luego salí por la puerta correcta.
            He asistido a tres tertulias, en septiembre, octubre y noviembre, y he ido conociendo a los asistentes, sobre todo a los que van regularmente, pues no es un grupo fijo y de pronto puede ir alguien nuevo o dejar de ir otro más. Entre ellos hay buenos escritores y gente que se interesa mucho por el género.
            Todos han sido muy amables. Miguel Ángel Fernández Delgado, quien fue presidente de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, la AMCyF, regaló durante una tertulia unos imanes como de ocho por ocho centímetros con imágenes de un mercado argentino que visitó recientemente, y en otra ocasión nos obsequió tarjetas con ilustraciones de una revista y algunas con las obras de Frank Frazzeta, yo me llevé una de Frank.
            Un regalo que me encantó sin duda fue el que me dio Mauricio del Castillo: un libro de cuentos de Philip K. Dick, que ya saben que es mi autor favorito. No supe cómo reaccionar para agradecerle.
            Me siento muy cómodo y afortunado de reunirme con aquellas personas el último sábado de cada mes, y quiero sacar lo más posible de aquellas escasas pero increíblemente entretenidas cinco horas (o las que sean) de charla y convivencia con gente que tiene más experiencia dentro de algo que tanto amo.


Eleonora

            La conocí en una sesión del taller literario que mi amiga Gaby dio el año pasado en la Facultad de Filosofía y Letras, y creo que fue ese mismo día cuando fuimos Gaby, un compañero llamado Francisco, ella y yo, a comer hot dogs cerca de la universidad. Alguien dijo algo, no recuerdo qué, pero, por alguna razón, respondí, dirigiéndome a Eleonora: “No creo que yo termine siendo tu pareja”; fue una especie de profecía inversa.
            El 15 de abril (o quizá fue el 14), en el cumpleaños de mi amiga Gaby y tres días después de mi cumpleaños y el de Eleonora (nacimos el mismo día, con poco más de 12 horas de diferencia), fuimos al parque de diversiones Six Flags, Gaby, una compañera llamada Cecilia, Eleonora y yo. En los juegos donde había dos asientos juntos, casi siempre me senté junto a Cecilia, y los cuatro nos divertimos ese día, a la vez que yo superé, aunque no del todo, el miedo de subirme a unos juegos que, estaba seguro, me matarían del susto.
            Semanas después de eso, una chica (es probable que ella llegue a leer esto), ninguna de las mencionadas anteriormente, me invitó al cine y fui con ella, pero durante parte de la función se comportó de manera muy extraña hacia mí, bastante invasiva, y yo pensé que era algún tipo de coqueteo, el punto es que su comportamiento me confundió. Eso me hizo escribir en Facebook: “Las mujeres me confunden”. Y no lo puse sólo por la chica con la que fui al cine sino por otros casos pasados. De inmediato mis “amigos” comenzaron a preguntar sobre lo que había puesto, y yo no tenía la intención de responder.
            Unos minutos después, recibí un mensaje en el chat de Facebook, era de Eleonora, preguntando por qué me confundían las mujeres. Nunca habíamos platicado por chat, y en persona apenas habíamos intercambiado algunas palabras, pero le comenté la razón de lo que había escrito y seguimos platicando durante un buen rato más. A partir de ese momento chateábamos regularmente; comencé a descubrir a un ser humano fascinante.
            La historia es muy curiosa porque ella comenzó a hablarme con la intención de que yo le presentara a algún compañero o amigo físico, dado que a ella le resultan particularmente atractivos los científicos, cosa que no le puedo reprochar y que, vamos, es inevitable, jaja.
            Y llegó un momento en el que supe que me había enamorado de aquella persona con la que llevaba semanas platicando y que, como he descubierto con el paso de los meses, es inmensamente más interesante en persona.
            El 11 de junio comenzamos a ser novios.
            Eleonora es una mujer muy inteligente (un día, cuando viajábamos en metro, dedujo fácilmente algo de teoría de números que yo no pude, aunque su área de especialización sean las Letras Clásicas), es muy lista (en cuanto a resolver problemas prácticos es más hábil que yo), muy bella, y como ser humano es fascinante, también la admiro y es una motivación para mejorar. He aprendido mucho de ella y eso me ha cambiado; me hizo ver la importancia de la educación, algo obvio pero en lo cual no me había interesado antes, para la formación de seres humanos capaces de aprovechar su potencial y llegar a su elemento. La amo.
            También me ha generado cierta fijación por todo lo que tenga que ver con los dodos, jaja, aquellas aves que se extinguieron en la segunda mitad del siglo XVII en la isla de Mauricio a causa de la llegada de los holandeses y la introducción de nuevas especies.
            Como ven, y como leyeron en la entrada sobre mi accidente, el 2012 me dejó cosas muy buenas y también cosas desagradables. La reparación de mis dientes se retrasó, en parte porque me están atendiendo en el Distrito Federal y yo vine de vacaciones a Tabasco, para estar con mi familia. Pero me parece que lo bueno supera con creces al resto. Puedo decir que soy feliz, aún con mis enormes deficiencias como persona, de las que cada vez soy más consciente.
            Espero que hayan disfrutado estos días de celebraciones y en este momento sus vidas sean más ricas de lo que eran hace un año.

noviembre 12, 2012

One small step

En memoria de Neil Armstrong 

Es necesario recordar dijo el hombre la gloria de nuestros héroes del pasado. Neil Armstrong fue el primer hombre de corazón noble que caminó sobre la Luna; el primero de un grupo del que ya nadie podrá formar parte, no porque no haya sobre la Tierra hombres de buen corazón, sino por una razón más simple y sin embargo más triste.
   Todos miraron, enfundados en sus trajes ceremoniales de astronauta, hacia la Luna: ya no un disco brillante en el cielo, sino un anillo de escombros, que desaparecía de lado a lado sobre el horizonte y que brillaba como un río de perlas.
   El hombre empuñó un remo y la embarcación avanzó, seguida de otras pequeñas barcas que dejaban tras de sí suaves estelas sobre las calmadas aguas. El reflejo del anillo de la Luna se desvaneció en la agitada superficie, pero se mantuvo firme en las escafandras reflectantes y en las almas de los hombres, que miraban hacia lo alto, agitando el agua y también sus corazones.
   Con el deseo de volar más alto, como en aquellos tiempos de cohetes que se elevaban como dragones en el cielo y de naves impulsadas por el poder del átomo, se alejaron, entonando una canción que comenzaba con las palabras de quien, hacía siglos, había estampado su huella en un nuevo mundo: "That's one small step for man, but... one giant leap for mankind".


noviembre 10, 2012

Sobre los últimos meses. El accidente

¿Por dónde empezar? En estos meses abrí en contadas ocasiones mi blog y me daba un poco de tristeza ver la fecha de mi última entrada. Quizá deba comenzar por lo que pasó cuando apenas comenzaba este semestre que ahora ya está terminando.

Siempre he sabido que soy muy torpe físicamente, pero cuando me cambié de cuarto y decidí dormir en la cama de arriba de una litera no me imaginaba que me terminaría rompiendo tres dientes e hiriéndome los labios. Mi mamá me dijo que me podía caer, pues me conoce bien y sabe que me suelo caer de las camas mientras duermo. En este caso no estaba dormido, o no totalmente. Tenía que entrar temprano, así que puse el despertador de mi teléfono a las 6 de la mañana. El problema fue cuando la alarma sonó, pues yo, en la cama de arriba, a una altura de 1.4 metros, aproximadamente, pensé, cuando apenas hacía un segundo que me había despertado, que mi teléfono estaba a mi izquierda, así que me incliné y me caí del colchón, de forma que mi boca se estrelló contra el suelo.

Mi primera reacción, cuando me encontré en el suelo con la boca llena de sangre, fue pensar que se trataba de un sueño, un mal sueño. Sentía que algo faltaba dentro de mi boca. Me miré el espejo y noté los dientes rotos. Sentí frustración y comencé a gritar y a llorar. Vi la sangre en el suelo, la sentía saliendo de mi boca y salí de mi cuarto. Tengo compañero de cuarto, pero esta vez no estaba allí. Seguí gritando, y los otros chicos que viven en la casa pensaron que quien gritaba era un sujeto de la casa de al lado, pero supieron que era yo en el momento en el que los gritos se escucharon cerca de su puerta.

El impacto abrió mis labios; había una herida externa en mi labio superior y una interna en el inferior. Un diente incisivo superior estaba roto como en un 30% y el otro incisivo como en un 70% pero aún permanecía sujeto al resto del diente, además un diente inferior se veía un poco roto, pero casi no se notaba.

Un compañero de la casa, un físico que comenzará su doctorado, me llevó en taxi a un hospital cercano. Durante el trayecto ya no sangraba mucho, y lloré pero me fui calmando poco a poco, hasta un punto en el que acepté que lo que me había pasado era real.

En el hospital me evaluaron y luego me pasaron con alguien para que suturara las heridas de los labios. Me atendió una chica, como de mi edad, y había otros dos chicos. Ya no me sentía mal, incluso bromeé con quienes me iban a costurar los labios, aunque mi voz salía muy torpe. Me anestesiaron y comenzaron a suturar; usaron dos tipos diferentes de hilo, uno para la herida del labio superior y otra para la del inferior, que era interna.

Cuando terminaron, esperé a un doctor para que me diera algunas indicaciones y me dijera qué seguiría en el tratamiento. El hombre me dijo que me quedarían cicatrices, pero que había productos que las desvanecían poco a poco.

El diente que se había roto más, un incisivo, que aún estaba sujeto al resto del diente por la pulpa dental, era muy molesto, dolía mucho. Ese diente había quedado en una posición que me impedía cerrar la boca o masticar, así que mi alimentación, durante más o menos una semana, fue únicamente de líquidos. Mi novia me estuvo acompañando ese tiempo y fue de gran apoyo.

El hospital me proporcionó a una odontóloga. Me revisó y me tomó radiografías. Le pregunté qué tan común era que alguien se rompiera los dientes, me contestó que a veces llegaban personas con todos o casi todos los dientes rotos, a causa de un accidente de motocicleta o de auto o de una golpiza. Sentí que había corrido con suerte, además porque el golpe que me di contra el suelo fue en la zona de la boca y no en la frente o en otro lado donde el golpe probablemente me hubiera dejado con daño cerebral o me hubiera incluso matado.

Me enseñaron la radiografía de mis dientes. De acuerdo al daño que tenía, la odontóloga me dijo que era probable que perdiera el diente más roto, pero después resultó que no fue así, afortunadamente. Como ya había pasado más de una semana comiendo sólo cosas líquidas pues ese diente me impedía otra cosa, me hicieron una pequeña cirugía que consistió en remover la parte del diente, que ellos llaman "diente 11", que quedaba colgando y que era muy movible. Cuando acabaron, me resultó extraño ver un trozo de un diente mío. Luego, metieron un artefacto, parecido a un tornillo largo y delgado, dentro de ese diente y extrajeron la pulpa dentaria. Ése proceso se llama endodoncia y consiste básicamente en escarbar el diente para quitar la pulpa, que es un nervio, pues si se deja causaría mucho dolor. Después de la endodoncia, el diente deja de tener sensibilidad. Al final, me taparon el hueco, donde había estado el nervio, con una especie de resina.

Me dijeron que tenía tres opciones para restaurar mis dientes: una prótesis movible, una prótesis fija o una técnica llamada alargamiento de corona. La prótesis movible (que se llama así porque se puede quitar y volver a poner) consiste en una pieza con forma de diente, estética en apariencia, que remplaza el diente que está muy roto. El problema con la prótesis movible es que, para fijarla, es necesario desgastar los dientes que están a los lados del diente que se ha roto. Eso fue suficiente para descartarla. La segunda opción era la prótesis fija, similar a la anterior pero aquí no es necesario desgastar otros dientes, aunque la forma de fijarla es también muy invasiva, pues va fijada con alambres a un par de muelas. La tercera forma, y que depende de qué porcentaje de la corona dental (la parte visible del diente) quedó sin dañar, consiste en recortar un poco la encía para descubrir un poco el diente roto y fijar en él una nueva corona dental. El alargamiento de corona es entonces el procedimiento más cómodo y quizá menos invasivo de los tres, así que opté por él.

El problema en este punto fue que mi seguro médico ya no cubriría el alargamiento de corona, así que vi las opciones que tenía. Un odontólogo privado seguramente sería muy caro. En mi universidad tengo seguro médico, así que fui allí a que me atendieran, aunque aún ahí tenía que pagar todo lo que me hicieran (no llevo la cuenta exacta, pero todo el proceso me terminará costando el equivalente a unos 300 dólares). Me recibió una chica de mi edad, estudiante de la Facultad de Odontología. Al principio no me sentí muy cómodo de que ella fuese la que me atendiera, pero es buena en lo que hace, además de que está asistida por un doctor con más experiencia.

Paola, ése es el nombre de la chica que me atendido hasta ahora, comenzó haciéndome algunas preguntas sobre mi salud. Me hizo un odontograma, para ver en qué estado se hallaba cada uno de mis dientes. También me hizo una limpieza dental, pues no se puede intervenir a un nivel mayor si hay riesgo de infección. Ahora no tengo presente en mente lo que me han hecho en cada una de las citas médicas.

Como les dije, el alargamiento de corona requiere recortar un poco de encía, en mi caso la encía que me cortaron fue de la zona del paladar, en la periferia del diente más roto. Realmente fue una doble cirugía, pues también me cortaron el frenillo del labio superior, ese pedacito de tejido que une internamente el labio con la encía, porque el frenillo impediría que siguieran interviniendo. Era la primera cirugía de ese tipo que iba a hacer Paola, así que ella estaba nerviosa. Yo también estaba nervioso, y para tranquilizarme pensé en mi novia e imaginé que ella estaba allí acompañándome. Eso sirvió de mucho. La operación duró 2 horas, evidentemente me anestesiaron, también me pusieron una especie de tela sobre mi cara, que sólo dejaba visible la boca, la zona a operar. Parte de la cirugía la hizo el doctor y parte Paola. Cuando terminaron de cortar, me pusieron una especie de pasta que cubrió la zona y se endureció. Cuando fui totalmente consciente de lo que me habían hecho, me sentí menos humano por no tener el frenillo superior.

Luego de las cirugías siguió un proceso de cicatrización. Antes de que me operaran, me habían hecho unos modelos de mi dentadura, pero me los hicieron de nuevo para tomar en cuenta la encía recortada. Me metieron un aparato extraño a la boca para tomarme medidas.

Ayer acabo de tener otra cita médica. El jueves de la siguiente semana intervendrán de nuevo en mi boca, me pondrán un endoposte para que puedan sujetar la corona dental nueva que me pondrán. Un endoposte es un postecito, de fibra de carbono, en mi caso, que va dentro del espacio en el que antes estuvo la pulpa dentaria y que sobresale un poco para que de él pueda sujetarse la corona. La corona que me pondrán será de zirconio, un material muy bueno para ese tipo de reconstrucciones. Si todo sale bien, me colocarán la corona dentro de 3 semanas, y sólo faltará reconstruir los otros 2 dientes rotos, que serán más fáciles de reparar y requerirán solamente del uso de resinas, según tengo entendido.

La litera de la que me caí no tiene protecciones. Curiosamente, algunas personas habían dormido, en años anteriores, en esa litera y no se habían caído. Quizá se deba a que soy una persona muy descuidada. Durante un par de días estuve pensando en que es muy probable que muera joven a causa de algún accidente fácilmente evitable. Me sugestioné con esa idea hasta el punto de que (algunos que lean mi blog seguro sabrán que soy algo hipocondríaco), durante ese par de días, me estuve tropezando y golpeando muchas más veces de lo normal.

Afortunadamente he podido tomar mi accidente con calma, sólo quiero tener ya mis dientes reconstruidos pues eso me impide sonreír, ya desde hace casi 3 meses, y hace que tenga que taparme la boca cuando hablo. Es un proceso largo, sin duda.

Como ya está acabando el semestre, escribiré más para el blog. No he organizado bien mi tiempo y por eso casi no me he aparecido por aquí. Aún tengo varias cosas qué contarles. He leído mucho los últimos meses aunque no he escrito tanto. Tengo 11 cuentos pendientes y ahora estoy trabajando en uno. Como se dan cuenta, he cambiado un poco la apariencia del blog, me gusta más así.

Termino esta entrada con una moraleja que surge de los hechos recientes: nunca duerman en la cama de arriba de una litera que no tenga protecciones, sobre todo si son tan distraídos como el que escribe estas palabras.

junio 02, 2012

Un par de mini-relatos

LOS ÁRBOLES DANZARINES

La leyenda cuenta que cada 127 años los árboles de un pequeño bosque de Berlín mueven sus ramas al ritmo de una canción de la que ya no se tiene recuerdo, como lo habían venido haciendo desde antes de que el hombre caminara por aquel lugar.
      Sin embargo, un día todo el bosque fue talado, y de los árboles danzarines ya no se volvió a saber más.
     Se sabe que su madera fue usada para construir cajas que, cuando se le daba la vuelta a una manivela, dejaban salir una suave música que se escuchaba en los días alegres y en los días tristes —que dejaban de ser tristes gracias a los que tocaban esas cajas—, en las plazas y lugares concurridos de Berlín.
     Algunas de esas cajas cruzaron el Atlántico y llegaron a la capital de un joven país del Nuevo Continente. Los lugareños quedaron maravillados por estas cajas, y el mismo sonido que había llenado el frío aire de las calles de Berlín ahora se extendía por el viento cálido de esa ciudad, impregnándolo de vitalidad.
     Y por muchos años esa música no cesaba, y se seguía escuchando alegre en las plazas y en los parques. Los que poseían una de esas cajas, gente respetada y admirada, las cuidaban como si de un hijo se tratase, reparándolas cada vez que la manivela se aflojaba o de cuando en cuando, cuando era necesario.

     Un hombre, de traje y gorro cafés y zapatos negros bien lustrados, giraba una y otra vez la manivela, revolviendo el cilindro que se escondía en el interior. En un gorro, un pequeño dejó caer una moneda al pasar por la alameda. Algunos iban de largo sin detenerse a escuchar, parecían siempre llevar la prisa de mil halcones.
     El hombre se secó el sudor de la frente. Saludó a los jugadores de ajedrez que, sentados en bancas y refugiados del inclemente sol por las altas copas de los árboles, disputaban su partida como si fuese lo último que harían en sus vidas. 
     Y el hombre siguió sacando ese sonido de la caja, también, como si fuese lo último que haría en su vida. Agradeció el viento que de pronto refrescó su rostro, y vio que los árboles se mecían por la ráfaga que ahora levantaba el polvo que se había acumulado en el empedrado. 
     Al hombre le pareció que aquellos árboles se movían al ritmo de la música que producía. Giró la manivela un poco más rápido y la música se aceleró, y las ramas, atentas y precisas, siguieron el sonido que salía de aquella vieja caja que había cruzado el Atlántico hacía 127 años.
     Las ramas de aquellos viejos árboles se doblaron como si fuesen de hule y los gruesos troncos se inclinaron hacia el que hacía girar la manivela, dándole gracias por su dulce despertar, luego de tanto, tanto tiempo.


LA DETERMINACIÓN DE ELLIE EL ELECTRÓN

Ellie sabía que era un electrón, lo supo desde el momento de su nacimiento, cuando se separó de Posie el positrón, su hermano gemelo pero de carga contraria. Ellie sintió que comenzaba a girar hacia la derecha. La vida parecía divertida, te llevaba siempre hacia la derecha. Pero mirando hacia atrás pudo ver que Posie giraba hacia la izquierda, describiendo una curva como la suya, pero en sentido contrario. 
     Los científicos observaron la cámara de niebla y las trazas de las partículas dibujarse en el interior. 
     —Ese es un electrón —dijo uno de los científicos. 
     —Y ese es un positrón —dijo el otro. 
     —Pero cuando surgieron del fotón inicial era imposible saber cuál era el electrón y cuál el positrón. 
     —Eso es cierto, pues las funciones de onda de ambas partículas no estaban determinadas. Cada partícula era electrón y positrón a la vez. 
    —Y ha sido hasta que supimos que una de las partículas era un electrón que la otra forzosamente debía de ser un positrón.
     —Por conservación de la carga y del momento. 
     —Si hubiésemos detectado primero al positrón habríamos sabido que el otro era un electrón. 
    —Por conservación de la carga y del momento. Y porque la naturaleza depende del observador. Una partícula no está determinada, no es algo concreto, sino hasta el momento en que es observada. 
     Y así, los científicos siguieron con su conversación. 
    Y Ellie, que sabía que era un electrón y siempre lo había sido, seguía girando y girando hacia la derecha, ajeno a las teorías de los hombres, inmerso en el campo magnético, recibiendo golpecitos de fotones que le causaban cosquillas.

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