abril 09, 2010

Psi-Delta


Conocí a Pablo el día que acompañé a mi esposa a visitar a una de sus mejores amigas al Hospital de San Marcos. Nos fuimos en mi auto, un destartalado y casi inservible Topaz 1987. Me dijo que el parto sería complicado, que necesitaría cesárea. La acompañé porque su amiga también había sido amiga mía, cuando fuimos a la universidad.
            —Su esposo no asistirá —me dijo Alejandra, y cerró la puerta del auto tras de ella.
            —¿De nuevo ha salido del país? —giré la llave del encendido.
            —No. Me dijo que lo llamó, estaba un poco borracho. A él no parecía importarle que hoy fuera a nacer su hijo.
            Alejandra se sentó y emprendimos el recorrido hacia el hospital.
            —Luís —dijo Alejandra—, no vayas tan cerca de ese auto. ¡Luís!
            No fui consciente de lo que se presentaba a mi alrededor. Un fuerte dolor inundó mi cabeza y percibí una fuerte luz blanca.
            —¡Por Dios, Luís! —exclamó ella—, ¿qué sucede?
            Ella ya tenía las manos en el volante y había frenado el auto, yo estaba tendido hacia su asiento. La fuerte luz se fue poco a poco desvaneciendo. Vi su cara, estaba muy agitada.
            —¿Qué ha sucedido? —pregunté, acomodándome de nuevo en mi asiento.
            —¡Casi nos chocas! —gritó, poniendo su mano contra su agitado pecho.
            —Perdón, yo no...
            Volví a encender el auto y conduje de nuevo hacia el hospital. Tan sólo fueron tres cuadras.
            Encontramos a Beth recostada en una cama. Cerca de ella estaban un doctor y una enfermera, moviendo aparatos y mesas metálicas a lo largo de la habitación.
            —Hola —nos saludó ella. Vimos un pequeño bulto entre sus brazos, y entonces supimos lo que era.
            —¿Cómo? —dijo Alejandra, acercándose hacia Beth—, ¿ya ha nacido?
            Beth, con una gran sonrisa asintió con la cabeza y descubrió al niño que tenía bajo las mantas.
            —Hubo algunas complicaciones —dijo Beth—, la cesárea tuvo que ser adelantada.
            Vi el rostro del pequeño, y su frágil cuerpo entre los brazos de su madre.
            —¿Ya te decidiste por alguno de los nombres? —le preguntó Alejandra.
            —Sí. Le llamaré Pablo.
            Otra vez la luz volvió a nublar mi mente. Un dolor fuerte me inmovilizó. Vi al niño sonreír y su boca desdentada me causó un agudo terror, tanto que casi salgo corriendo de ese lugar.
            —Me hubiera gustado llegar más temprano —comentó Alejandra, o al menos lo escuché como un eco rebotante.
            Me llevé las manos a la cabeza.
            —¿Luís, estás bien?
            Mi mente estaba completamente llena de aquella luz, como si una inmensa pared hubiese sido construida en mi cabeza, y no percibía el horizonte. No era capaz de pensar en nada, absolutamente nada. Ví unas formas geométricas de colores muy vivos que danzaban de un lado para el otro, y una melodía que no había escuchado antes. Pude ver de nuevo, y lo que miré fueron los negros ojos del bebé. Un tremendo dolor atravesó mi cuerpo, como una fuerte migraña pero extendiéndose hasta mis extremidades. Vi a Alejandra, que me sostenía entre brazos y al médico revisando mis pupilas.
            —Oh Dios —balbuceé—, creo que ya estoy mejor —dije, tambaleándome ligeramente.
            —Luís, por favor, ve a que te revisen, hoy has estado extraño. Primero en el auto y ahora esto...


            —¿Qué has sabido de Beth? —le pregunté a Alejandra, mientras desayunábamos en la cocina.
            —Vive con su esposo, dice que se siente muy bien. Tienen un bonito jardín, él le ayuda a cultivarlo.
            —¿Y Pablo, su hijo...?
            —Ya entrará a la universidad, quiere ser psicólogo.
            —¡Santo cielo! —exclamé—, ¿ha pasado ya tanto tiempo?
            —Sí. Ven, te mostraré algunas fotos.
            Me acerqué a la pantalla de su ordenador y me enseñó una foto del joven Pablo, junto a su padre, ambos llevaban unas largas cañas de pescar y el joven sostenía una enorme trucha con ambos brazos.
            —Han ganado el primer lugar en el torneo de pesca.
            Lancé un estruendoso grito, o al menos eso fue lo que me comentó Alejandra.
            —Es él... él...
            Era él. El mismo joven que hace un par de días me había encontrado en el metro. Recuerdo que sentí su presencia incluso antes que entrara al vagón, y sentí cómo invadía mi mente. Sabía que él me conocía. Sabía que se había metido dentro de mi cabeza. Me invadieron imágenes de muerte y destrucción. Millares de cráneos destrozados en un suelo ensangrentado, y los gritos de muchas personas. Y esa canción... esa misma canción. Lo recordé perfectamente en ese instante, la misma canción que oí cuando estuve cerca del bebé de Beth. Me retumbaba fuertemente la cabeza.
            —¡Salte de mi mente! —le grité aquella vez con el pensamiento.
            El joven me miró y vi de nuevo esos profundos ojos negros, enormes y brillantes. El vagón se detuvo en la siguiente estación, me esbozó una sonrisa y bajó hasta perderse de mi vista.
            No le dije a mi esposa de todo esto, porque dentro de todo, estaba la posibilidad de que me estuviese volviendo loco. Por las noches siempre aparecían de nuevo esas imágenes. Gente muriendo y pidiendo piedad desesperadamente. Y esa... esa canción.
            Lo que más me aterra es que todo esto no sea producto de mi locura, que tal vez... sea real.

1 comentario:

  1. Me asusté con este relato (bueno en realidad no, pero ps cuando leo si soy capaz de empatizar con los personajes, y en el caso de este, asustarme como Luis). Lo curioso es que ya me habías platicado una experiencia similar, es curioso que te h ayas basado en ello para escribir el relato. Brrrr...

    en fin, así es la literatura... muchas veces, te basas las historias en ideas producucto de sucesos que te han pasado en la realidad y esas ideas las plasmas en papel (en tu caso, en word)...

    brrrrr...

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