abril 09, 2010

Rescate


           —¡Diablos! —exclamó Arturo, pasándose la mano por su dolida cabeza—. Quién iba a decir que faltan seis minutos para que estemos muertos. Todos muertos. Mi teléfono no tiene señal, ¿qué me dicen ustedes?
            —No, está completamente muerto —dijo Úrsula.
            —Tal vez los robots nos identifiquen en cuanto se enciendan —dijo Santiago, caminando de un lugar para otro, nervioso—, y así no nos matarán.
            —¿Sabes qué clase de robots son? —le preguntó enfadado Arturo, mientras buscaba lugar para sentarse en una de las rocas de la caverna. Palpó la roca con la mano y la encontró conveniente.
            —No. Pero las Leyes de la Robótica...
            —Las Leyes de la Robótica no se aplican en este caso. Los robots no son sirvientes, les pediría una Pepsi con Whisky si así fuera. Pero no. Son demoledores.
            —Detonadores —rectificó Úrsula—. Son detonadores. Detonarán esta caverna en cuanto se cumpla la hora específica. Esto es... —dijo mirando su reloj—, en cinco minutos, según sabemos.
            —¡Que me cuelguen! —dijo Santiago—. Debíamos de estar afuera esperando esta detonación, para poder inaugurar las obras de la nueva universidad.
            —Oigan —les dijo Úrsula, moviendo los brazos en el aire—, miren arriba.
            Un pequeño agujero por el que entraba un pequeño rayo de luz se abría a varios metros de altura sobre sus cabezas. Los ojos de los tres voltearon hacia arriba. No era solamente un rayo de luz en el sentido físico lo que los alumbraba, también era una luz de esperanza por poder escapar de ese sitio en el que irremediablemente morirían en poco tiempo.
            —Por mi abuela... y por la abuela de mi abuela —dijo Arturo—. Una salida.
            —¿La alcanzaremos? Está demasiado alto.
            —Cielos, desde esa altura hemos caído —dijo Santiago—. Tal vez si gritamos nos oirán allá arriba. ¡Auxilio! ¡Estamos atrapados!
            —Están demasiado lejos —dijo Arturo—. Cercaron los terrenos de estas cuevas, para que la gente no se acercara demasiado cuando sucediera la explosión.
            —Estamos fritos —dijo Santiago.
            —No, de hecho lo estaremos —corrigió Úrsula—, en menos de cinco minutos.
            —Tal vez podemos desactivar los robots detonadores —sugirió Santiago.
            En el otro extremo de la cueva, posado en el suelo, una pequeña caja amarilla en forma de cubo, mantenía en su interior un depósito con antimateria. En unos minutos los campos electromagnéticos que sostenían las gotitas de antimateria se apagarían, y se formaría un gran agujero esférico de trescientos metros de diámetro. Así no hacía falta recoger el material que saliera eyectado ni los escombros de una explosión común. Otros cinco robots en las zonas cercanas harían también su trabajo del mismo modo.
            Caminaron hacia la cajita con pasos agitados. Arturo se arrodilló frente a el detonador.
            —Esto no es bueno.
            —¿Qué? —preguntó Santiago.
            —El sistema de detonación es externo. Lo controlan desde la superficie. También, el sistema de detonación es un Dyler, eso quiere decir que hay una total dependencia entre el mecanismo de detonación y el funcionamiento de los campos electromagnéticos. Así que...
            —Así que no la podremos desconectar —dijo Úrsula.
            —Exacto. Si lo hacemos, detonará.
            —Oigan —dijo Santiago, quedándose quieto.
            Un poco de tierra empezó a caer de la parte superior de la cueva, luego más, y algunas rocas pequeñas. Un agujero más grande, a un lado del más pequeño, por donde los tres habían caído, se abrió en el techo de la cueva. Dos bultos cayeron, golpeándose contra la blanda tierra del piso.
            —¡Oh, Dios! —exclamó uno, retorciéndose en el suelo.
            —Ustedes —dijo Arturo, notablemente sorprendido, caminando hacia los dos nuevos habitantes temporales de la cueva.
            —¡Arturo! ¡Rayos, Arturo, eres tú! —dijo Henry, levantándose del piso.
            —¿Pero qué demonios están haciendo en este lugar? —gritó Santiago.
            —Venimos a rescatarlos, pero el suelo... —lanzó una mirada a su alrededor—, quiero decir, el techo, se ha caído debajo de nuestros pies cuando caminábamos por la superficie.
            Úrsula corrió hacia donde Melisa estaba tendida en el suelo.
            —Oh, no te preocupes, es solo mi pierna...
            —¿Rescatarnos? —dijo violentamente Arturo—, y ahora parece que alguien nos tiene que rescatar a todos nosotros. ¿Pero como supieron que estaríamos en este sitio?
            —Su agenda decía que estarían en este sitio.
            —Santo cielo Henry, ahora ya todo me parece bastante claro —dijo Melisa desde el suelo, ya se había sentado, y se agarraba la pierna con ambas manos, por el dolor.
            —¿Qué es lo que es claro?
            —Nosotros... y ellos... aquí.
            —El tempovisor...
            —¿Qué es lo que sucede? —preguntó Arturo.
            —Nosotros observamos por el tempovisor que en el futuro —dijo Melisa—, bueno, en este presente, que ustedes tres estarían atrapados en esta cueva. Tan solo intentábamos evitar...
            —¿Qué rayos estas diciendo?
            —¡Ahhh! —Henry comenzó a marcar en su teléfono desesperadamente.
            —No tiene señal —dijo Úrsula.
            —Les explicaré —dijo Henry, dejándose caer en el suelo para sentarse. Aminoró un poco su respiración—. Intentamos evitar esto... y cuando llegamos a esta ciudad paso por mi cabeza que quizás me hubiese equivocado... que tal vez el tempovisor se hubiese equivocado. Dicen que no siempre funciona como debería, que a veces... Es la primera vez que lo usamos en el Instituto y...
            —Sé más explícito —dijo Santiago.
            —Observamos que ustedes morirían —dijo Melisa—, eso pasó hace unos minutos, y viajamos en la máquina a este sitio, a este tiempo. Pero en la visión no solo estaban ustedes... también estábamos nosotros, en esta cueva. Estoy seguro que vi que estábamos también nosotros, Melisa no se percató de ello. Supusimos que era un error... lo pasamos por alto. No nos pudimos comunicar, y por eso hicimos el viaje.
            —Dices que intentaron salvarnos a nosotros de esta cueva —dijo Arturo—. Intentaron cambiar el futuro, pero al final resultó tal y como lo han visto.
            —La máquina del tiempo debió haberse equivocado —dijo Henry—, no nos trajo al tiempo que debió de hacerlo, se retrasó, ya es tarde... ¡Ves! —dijo, mirando a Melisa—, ¡yo vi exactamente esto!
            —Lo siento —dijo Melisa—, no lo percibí... aparte no podíamos grabarlo, con la cantidad de información que recibimos del futuro eso es prácticamente...
            —Falta un minuto —dijo tétricamente Santiago, mirando su reloj—. Cincuenta segundos.
            —Saben —dijo Henry—, esto resulta ser un tanto divertido.
            —¿Te has vuelto loco? —le dijo Melisa, que estaba a su lado.
            —Nosotros —dijo volteando hacia Melisa—, no deberíamos de estar aquí. Vinimos a salvarlos a ellos, pero nos pudimos haber salvado nosotros si no lo hubiésemos intentado desde el principio. El tempovisor nos dijo que todos moriríamos y así ocurrirá —soltó una carcajada macabra.
            —Creo que ha habido una equivocación aquí —dijo Arturo.
            —Pero eso no hubiera sido posible —dijo Melisa—. Lo que vimos en el tempovisor eso será lo que sucederá. No hubiésemos podido haber evitado nuestro futuro.
            —¿Eso crees? —dijo Henry, sonriendo—. Es posible —miró hacia los demás—. Y ustedes tres no se preocupen, nadie sufre por una desintegración materia-antimateria.
            —Me alegra saber eso —dijo Arturo.

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