Esta es una de varias historias que deseo escribir, ambientadas en el mismo universo y siguiendo una línea temporal futura, aunque en un futuro no muy alejado. No sé cuántas historias serán, y hasta el momento sólo he escrito ésta y otra, que es su continuación casi inmediata.
De
entre todos los que huían, él se hizo a un lado, apenas pudiendo
apartarse, pues el flujo lo intentaba llevar hacia la salida. Pero él
no quería ir hacia la salida. La enorme mina se venía abajo; las
rocas caían haciéndose trizas y aplastando maquinaria y algunos
trabajadores. Pero él había dejado de correr, porque algo le
llamaba. Haciendo caso omiso a los que pasaban a su lado y le
animaban a correr, se acercó a una abertura en la pared de la mina,
que era lo suficientemente grande para permitirle el paso.
Entró
a la pequeña cavidad y notó que estaba levemente iluminada: de un
artefacto pequeño con forma de hongo salía una luz verdosa, que
iluminaba una plancha, a modo de escritorio, tallada en la misma roca
de la mina. Sobre la plancha de roca había algunos papeles
ordenados, al parecer manuscritos de quien había estado allí antes.
Su
cola, tensa, se sacudió con un espasmo. Se acercó a las páginas y
empezó a leerlas y a pasarlas con sus acolchonados dedos, mientras
los aullidos de los últimos que abandonaban la mina le llegaban y
resonaban en sus grandes orejas.
De
pronto reaccionó, como saliendo de un sueño.
Apretó
el botón del intercomunicador que llevaba en su cinturón. Detestaba
ese intercomunicador, porque era el símbolo de su inferioridad, de
la discapacidad con la que se le habían obligado a vivir. Intentó
erguirse en sus patas traseras pero sólo logró darse un golpe con
el techo.
—Escucha
—dijo ladrando, mientras se tallaba la cabeza—, te mandaré
algunas imágenes a tu orpantalla.
Con quien hablaba era
uno de los trabajadores que ya habían salido a la superficie. Éste,
al escuchar la voz de su compañero salir de su cinturón, activó la
doble vía.
—¡Suoug! —dijo—
¿Dónde estás? —tomó su orpantalla del cinturón y la
desenrolló. Vio que un puntito rojo titilaba, alejado de una
aglomeración de otros puntitos rojos— ¡Por Roog!, ¿aún sigues
en la mina?
—Sí —su voz sonó
apagada, en ese momento tomaba fotografías de los manuscritos.
—¡Sal de inmediato!,
la mina se derrumbará en cualquier momento.
—Aún no puedo salir.
Encontré algo.
—¿Encontraste
qué, una forma de vivir eternamente? —dijo
con sarcasmo.
La respuesta no vino de
inmediato:
—Tal vez... Espera...,
ya te lo mandé.
El trabajador que estaba
en la superficie vio que su orpantalla mostraba información
entrante. La desplegó. Sus ojos rasgados se abrieron mucho. Emitió
un gruñido agudo y dijo:
—Oh, Roog... —sacudió
la larga cabeza—. ¡Sal de allí ahora!
—No puedo, la cavidad
está bloqueada. Las rocas de derrumbaron en la entrada. Escucha,
tienes que mandar esto a alguien, a alguien de confianza. Al parecer
quien los redactó fue un antiguo Ingeniero. ¿Conoces ese cuento
para cachorros, el del Ingeniero y el Hark? Pues no creo que sea del
todo una fantasía. Tal vez el que estuvo en esta cueva hizo algo que
no debía de hacer y por eso se escondía, creo que habían quienes
no querían que estos conocimientos escucharan el trueno —hizo una
pausa—. Creo que deberíamos buscarlos. Tal vez ellos nos puedan
ayudar. Después de todo son nuestros...
Y la comunicación se
cortó bruscamente.
—¡Suoug! —ladró—
¡Suoug!
Levantó la vista de su
orpantalla y vio como el suelo sobre la mina comenzó a derrumbarse.
Un agujero se fue formando muy rápido, ensanchándose más y más
hasta perderse en extensión hacia el horizonte circular.
“Suoug...” fue lo
único que pensó.
Volvió sus ojos a la
orpantalla. Las fotografías de los manuscritos que le había enviado
su amigo mostraban texto e imágenes, pero fue una de las imágenes
la que más había llamado su atención: un grupo de una trecena de
científicos tenían entre ellos algunos seres extraños, pero
parecidos entre sí; parecían harks de Barlak, pero su piel no era
negra ni llena de vellosidades en forma de púas; estos seres eran
cuatro, el de la izquierda más pequeño que el de la derecha y así
sucesivamente, eran seres erguidos, aunque el primero se inclinaba
mucho hacia adelante y tenía los brazos largos en comparación con
el resto de su cuerpo; parecían descender evolutivamente uno del
otro, pero los cuatro estaban allí presentes, como si el tiempo no
existiese; el último ser fue el que más le impresionó: era una
criatura casi sin pelo, sólo en la cabeza, ovalada, pecho, y la zona
púbica, y era más alto que cualquiera de los ingenieros. Había
leído la descripción de ese último ser, que era del tipo que
habitaba un planeta del que nadie más se había enterado, y que se
había guardado de la manera más críptica posible, sólo presente
en algunos cuentos y leyendas de tiempos anteriores y casi olvidados.
La
etiqueta que señalaba a estos cuatro seres extraños decía: Humano,
Tierra.
Supo que en los seres de
esa extraña especie se encontraban la esperanzas de resolver los
problemas por los que el mundo pasaba, de evitar la permanente
decadencia. No creyó que pudiesen negarse a ayudarles.
Después de todo, eran
sus hermanos, eran los hijos de sus padres.
Atractiva, deja una estela de misterio que dan ganas de seguir leyendo!
ResponderEliminarFelicidades, tienes una historia con gran potencial!
Saludos!
Muy interesante e impactante este relato tuyo de ciencia ficción... ¿o quizá ciencia futura, pues quien dice que los hijos de los hijos de nuestros hijos no se vean en una tesitura así?
ResponderEliminarBesotes
Señor Dáltanos: Qué bueno que den ganas de seguir leyendo, porque para la siguiente serán como siete páginas, jaja!, en vez de una y media.
ResponderEliminarSaludines, vecinirijillo!
apm: Bueno, por el comentario veo que no dejé en claro varias cosas dentro de la historia, pero supongo que eso es bueno en este caso, pues hay una continuación. Y bueno, ciencia futura suena bien! Es lo que intento, contar una historia que nosotros aún no llamamos historia pero sí la llamarán así los que vendrán, jaja. Según...
Besotototes!
Buen principio. Promete.
ResponderEliminarpoco más o menos así empezó Asimov... :)
ResponderEliminarFBM: ¡Gracias! Espero que no se quede en promesa.
ResponderEliminarPiedra: Bueno, Asimov es otra cosa: era un genio, yo sólo soy un disque-dotado, jaja. Pero gracias :)