El Leñador salió de su pequeña y vieja cabaña y cerró la puerta tras de él. El aire era bastante agradable, y estaba lleno del encantador aroma a pino. Llenó con fuerza sus pulmones de aire y se puso su gorro de Leñador. Tomó su hacha y apreció su agudo filo, balanceándola en su gruesa mano.
—Vaya —dijo—, es un día perfecto para seguir trabajando. Unos cuantos troncos más y será suficiente para mi nueva cabaña —miró la añeja construcción que tenía detrás: algunas tablas estaban podridas y roídas por la lluvia y el tiempo. En cualquier momento podía venirse abajo, con él dentro.
Se adentró en el espeso bosque. Cerca, un gran pino, de grueso tronco se levantaba frondosamente junto a los demás.
—Comenzaré por este —dijo el Leñador. Levantó su hacha en el aire y dio el primer hachazo. El pino se tambaleó ligeramente, tan solo con un pequeño temblor.
Un pájaro Carpintero salió de su agujero. Se preguntaba qué era lo que sucedía. Se paró con sus patitas en el borde de la oquedad que él había taladrado.
—¿Qué haces? —preguntó el Carpintero.
—Talo este árbol —dijo, desclavando su hacha del tronco. Levantó el hacha por los aires y clavó el segundo hachazo.
—¿Por qué lo haces? —dijo el Carpintero— Esta es mi casa, y mis hijos e hijas viven aquí.
Dicho esto, el Leñador dio el tercer hachazo.
—No lo hagas por favor —repuso el Carpintero.
—Este árbol me pertenece —dijo el Leñador, secándose el sudor de su rostro con un pañuelo rojo. Lo volvió a guardar en su bolsillo del pantalón.
—Este árbol es mi casa.
El Leñador paró un momento, y miró directamente al Carpintero, parado en la entrada de su casa, reclamándola.
—Todos estos árboles que ves aquí —señaló con una mano hacia alrededor—, son míos. Están en mi propiedad.
—Pero este árbol es mi casa.
—Y pronto será parte de la mía —dijo el Leñador—. Con este gran tronco podré aserrar muchas tablas de madera, y construiré mi nueva cabaña —soltó el cuarto hachazo. El árbol retumbaba, y el Carpintero perdió un poco el equilibrio.
—Pero si tiras mi casa ¿A dónde iré?
—Puedes irte lejos, pero a ninguno de los árboles que ves aquí —volvió a señalar con su callosa mano.
—Mis hijos e hijas son todavía muy pequeños —dijo el Carpintero—. No podrán salir del tronco.
—Escucha —dijo enfadado el Leñador—. No me importan tus hijos. Cortaré este árbol, y tú no podrás impedirlo —soltó el quinto hachazo, pero el gran trono estaba apenas herido.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó el Carpintero.
—¿Que qué quiero a cambio? —dijo gruñendo y levantando el hacha por el aire, para volver a enterrarla en el grueso tronco—. No hay nada que tú me puedas que yo quiera. Tan solo eres un simple Carpintero.
—Te puedo dar una casa.
—¿Como? —preguntó con incredulidad.
—Una casa. Una hermosa casa de madera
—No me quieras tomar el pelo.
—No. Una casa a cambio de que no cortes este árbol. Ni ningún otro.
El Leñador se quitó su gorro y se rascó la cabeza. Asió el mango de su hacha que estaba clavado en el tronco.
—¿Hablas en serio?
—Si.
Estuvo un momento pensativo.
—Entonces, quiero esa casa.
—Ya está —dijo el Carpintero, dando brinquitos con sus delgadas patas.
—¿Ya está?
—Sí, solo tienes que caminar muy recto hacia esa dirección —apuntó con el pico—. A medio kilómetro, dentro de tu propiedad, hay una hermosa casa. Es tuya.
—Claro que no —dijo refunfuñando el Leñador—. Por allá no hay ninguna casa. He recorrido ese camino muchas veces, y no hay casa alguna. Conozco muy bien mi propiedad.
—A medio kilómetro —repitió el Carpintero—. Es nueva, por eso no la habías visto antes.
—¿Y puedo saber quién la construyó acaso?
El Carpintero guardó silencio.
—Puedes ir y verás que allí está.
El Leñador dejó su hacha y su gorro, y caminó en línea recta al lugar que el Carpintero le había señalado con su pico. Caminó y caminó y por fin llegó al lugar. Medio kilómetro, pero no había nada, solo árboles. Muchos árboles.
—¿Qué clase de…? —refunfuñó el Leñador— ¡He sido engañado por un pájaro Carpintero! —su rostro había enrojecido considerablemente y se dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
Un centenar de Carpinteros se asomaban por los agujeros de sus troncos.
—¡Oigan, ustedes! ¿Qué hacen allí? —gritó el Leñador— ¡Largo de mis árboles!
Uno de ellos voló hacia él, y se posó fuertemente con sus patas en su decolorado camisón. Lo miró fijamente.
—¿Qué haces? —le gritó y le propinó un manotazo, que le hizo remontar el vuelo.
—¿Donde está mi casa? ¡Donde está!
Los carpinteros permanecían en silencio, posados sobre las aberturas de sus hogares.
—¡Mañana mismo! —gritó—. ¡Mañana mismo talaré todos estos árboles, todo el bosque, y me construiré con ello una gran casa de madera! —su cara se había vuelto muy roja y su corazón palpitaba y palpitaba con fuerza.
Se dispuso a marcharse, pero en el instante todos los carpinteros saltaron al suelo y le rodearon. Sus delgadas patitas hacían crujir las hojas secas que cubrían el suelo.
—¡Déjenme pasar! —gritó el Leñador, moviéndose con violencia de un lado a otro. Uno de los carpinteros se le acercó dando saltitos.
—No puedes cortar los árboles —le dijo el carpintero—, son nuestros hogares.
El tono rojizo del rostro del Leñador se incrementó. Se movilizó y caminó, intentando hacerse paso por entre la parvada posada sobre las marchitas hojas.
—¡Los cortaré, me importan un comino sus hogares! —dijo.
—Debes desistir —dijo el carpintero—, no puedes hacernos daño de esa manera. Sería totalmente injusto.
—¡Injusto! —exclamó el Leñador, mientras se reía compulsivamente—. Injusto es que usen los árboles de mi propiedad como casa. Ahora me voy, volveré con mi mejor hacha para comenzar con el trabajo.
Al terminar de decirlo todos los carpinteros se le lanzaron encima.
Uno de los carpinteros fue volando hacia el Gran Árbol, donde el primer Carpintero estaba parado en la entrada.
—El Leñador ha muerto —dijo el informante, sujetándose con sus patitas en el tronco.
—Correcto —respondió el líder—. Jamás volveremos a ser molestados en nuestros hogares.
—¿Y qué sucederá si viene otro Leñador?
A primera hora de la mañana el Nuevo Leñador llegó a la propiedad de su tío. Estaba feliz porque había recibido una gran herencia de un pariente que ni siquiera conocía. El viejo había sido muy amable en darle todo eso. Miró a lo lejos y se sorprendió de la gran cantidad de árboles que había. Hermosos pinos y abetos que talaría y con los cuales se haría de una buena cantidad de dinero. Desenterró su hacha de un tronco y la tomó con gran agilidad.
—Creo que hoy será un buen día para comenzar a trabajar.
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