Carlos entró a su casa por la puerta del frente. La red metálica contra insectos estaba algo rota, pero nunca le dieron ganas de cambiarla, de todas formas los insectos no le molestaban en esta época del año. El viejo piso de madera rechinó debajo de sus zapatos. Tiró las llaves a la mesa, se dejó caer en la silla y se aflojó la corbata para quitársela, el saco le sofocaba de igual manera. Se sintió complacido de sentir la brisa que se filtraba por la ventana.
—Diana no debe de tardar en volver del trabajo —se dijo para si mismo en voz baja. Se levantó para prepararse una taza de café. El agua siempre estaba caliente en la cafetera, el café estaba listo.
—Sabes que no vendrá, Carlos —dijo el hombre de chaleco café que estaba en el extremo de la mesa. Se quitó su sombrero de excursionista y lo dejó sobre la mesa.
Carlos se alejó de la barra ya con el café preparado y se sentó en un extremo de la mesa. Se levantó, tomó azúcar de un frasco de la alacena y le puso dos cucharadas a su taza. Se volvió a sentar.
—No puedes seguir ignorándome de esta manera —dijo el hombre, alisándose el canoso cabello con la mano—. Ya han pasado seis años.
Carlos dio un sorbo de su taza.
—¿Quieres al menos invitarme una taza de ese café? —el hombre se humedeció los labios— Hace mucho que olvidé el sabor del café.
Carlos levantó la mirada hacia él.
—Allí está el agua y el café, prepáralo —fijó la vista en su taza y dio otro sorbo.
—Sabes que las cosas no funcionan de esa forma.
—Ella llegará en cualquier momento.
—Ella no vendrá, Carlos. No ha venido y no vendrá. Ella no entrará por esa puerta —señaló con el dedo—, ¿y sabes por qué?, porque llevas seis años muerto.
—Mientes —Carlos dejó la taza en la mesa.
—¿Por qué después de tanto tiempo te cuesta entender tu situación?
—Tú dime la situación en la que me encuentro. Me tienes aquí recluido y sólo quieres salir de este lugar. Llevas más tiempo que yo y estás desesperado por salir, pero necesitas que acepte lo que me dices para que me puedas usar como tu medio de escapatoria.
El hombre tomó su sombrero de la mesa y se lo colocó. Se rió.
—No, Carlos. Estoy aquí para sacarte de esto que tú mismo has creado. Has fabricado tu propia prisión en tu mente, ya que es lo único que de ti queda… tu mente. No puedes avanzar si sigues quedándote en este sitio.
—¡Aún mientes! Estás atrapado como yo en este lugar.
El hombre se volvió a reír, despegó los codos de la mesa y se levantó de la silla.
—¿Si puedo salir de aquí como me plazca, cómo es que estoy encerrado? —extendió ambos brazos.
Carlos arrugó la frente. Nunca lo había visto salir de la casa. El hombre siempre había mantenido una postura intacta ante su escepticismo. A Carlos no le parecía que sus intenciones fueran buenas. Tampoco nunca lo había logrado convencer de salir de ese sitio mientras el extraño hombre estaba presente.
El hombre se dirigió hacia la puerta rota y giró la perilla. La puerta se abrió y el extraño salió de la casa. Carlos miraba asombrado cómo el hombre daba un paso y luego otro, alejándose mientras bajaba las escaleras de la entrada.
—¡Oiga, espere!
Sin embargo el hombre ya se había ido.
Carlos pasó la mano por su rostro y se frotó la frente. Sin moverse de lugar miró hacia el otro lado de la puerta, a través de la malla metálica rota. No sabía lo que podía haber allá afuera. Se percató de que el hombre había dejado la puerta abierta. Varias veces, ya ni recordaba cuantas, había intentado tirar esa puerta, pero ni siquiera parecía existir, no era un objeto tangible. Todos los días entraba por esa puerta sin saber por qué, pero al final no lograba salir y se olvidaba de lo sucedido al día siguiente. Nunca había logrado girar la perilla como el hombre lo acababa de hacer. Se acercó lentamente hacia la puerta. Extendió su mano para tocarla y por primera vez percibió su áspera solidez. La sujetó por la perilla y la puerta se abrió un poco más con un ligero rechinido. Fuera ya no se lograba percibir al extraño hombre del sombrero. Después de algunos metros una neblina no le dejaba ver absolutamente nada. Le aterraba la idea de salir de esa casa. No lo había hecho antes y ahora… Carlos quitó su mano de la perilla, se dio media vuelta y se dirigió hacia la mesa. Se sentó en la misma silla de siempre. Inspeccionó de nuevo su taza de café y miró su reloj de pulsera.
—Diana ya no debe tardar en regresar.
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