John Prosper era reconocido en todo el mundo por sus amplias colecciones. Era un excéntrico millonario, bajito, bastante gordo y algo calvo, y siempre llevaba un pañuelo rojo en la bolsa del saco. Coleccionaba de todo. Desde juegos de té para niñas pequeñas, cartones de leche de todos los países, computadoras portátiles de todas las épocas... En fin, tenía innumerables colecciones que resguardaba celosamente en su mansión, pero la más preciada de todas ellas era sin duda su colección de cintas magnéticas y de discos de canciones de rock religioso, pero sólo aquellas que incluían a un sacerdote como vocalista; las tenía todas hasta el momento, y su agente se encargaría de traerle una nueva en cuanto ascendieran a un músico, muy famoso, a sacerdote, en una iglesia local.
Pero un día, cuando John Prosper revisaba una y otra vez que sus colecciones estuviesen en perfecto estado, vio que una de las cintas faltaba. Precisamente en ella estaba el gran éxito del reverendo Electric C: “The C is for Christ”, una bomba de ventas en 1976. Prosper esraba furioso. Es seguro que alguien quería molestarlo, porque ¡robar su pieza de colección más preciada!
Inmediatamente movilizó a sus agentes para que buscaran la cinta, pero no pudieron hacer nada, no había pistas del ladrón, excepto un pañuelo azul. Se dio cuenta de que el pañuelo era exactamente como el que él usaba, pero en vez de ser rojo era azul, así que no podía ser de él. ¿Pero quién más podría tener un pañuelo como ese, si era su diseñador personal el que le hacía todo lo que llevaba puesto? Fue directamente con su sospechoso.
—Han —le dijo a su diseñador, pues ése era su nombre—, ¿has estado en mi sala de colecciones? Han robado una pieza muy valiosa.
—Oh, no, señor, nunca entraría allí.
—¡No me mientas! —dijo con furia. Y le mostró el pañuelo azul.
El hombre estaba perplejo.
—Yo no he hecho eso —argumentó—, sólo los hago de color rojo para que usted los use.
Prosper entrecerró los ojos. Quería destrozar al pobre hombre. Le dio el pañuelo a su diseñador y le dijo:
—Mira, ahí está tu marca distintiva.
El diseñador la vio y se quedó aún más perplejo. Miró a Prosper e inmediatamente supo lo que ocurriría a continuación.
Han fue interrogado ferozmente y al no poderle sacar la información sobre dónde estaba la cinta terminó en la cárcel, y el excéntrico millonario se aseguró que le dieran una pena mayor que la que había dictado el juez.
Prosper logró contactar con el reverendo Electric C, cuyo verdadero nombre era Sam Dewar, y le pidió una cinta de su éxito musical, pero el religioso, un anciano ahora, le dijo que ya no conservaba ninguna de ellas. Tampoco las podría conseguir en ninguna otra parte.
—¿Cómo que ya no conserva ninguna? —preguntó Prosper— ¡La necesito para completar mi colección!
El reverendo, ya retirado de su trabajo, apenas articuló unas rasposas palabras:
—Lo siento, no puedo hacer nada por usted.
—¡Váyase al infierno!
Y colgó.
El día pasó entre las penas de tener una colección incompleta. No informó a los medios porque pronto se conocería el hecho de que una de sus colecciones estaba incompleta, y no podía permitirse tal humillación.
El día siguiente tampoco le trajo buenas noticias. Le habían robado de nuevo, esta vez se trataba de una perilla de puerta del siglo XVIII, que dejaba incompleta su colección de perillas para puertas.
Lo primero que hizo fue cerciorarse de que Han, su diseñador, siguiese en la cárcel, y así fue. Y no había nadie más de quien sospechar. Los robots hacían la limpieza de la gran sala de colecciones y esas latas sin cerebro, con la única tarea de limpiar aquí, sacudir allá y fregar acá, no podían robar nada.
Pero habían dejado algo diferente además del espacio vacío en el estante de perillas: había una copa en la mesa y habían bebido, porque una botella de vino estaba destapada. El vino que estaba abierto era su favorito, un Benelaroux cosecha del 92.
Ese mismo día instaló un mejor sistema de vigilancia.
El tercer día le robaron uno de sus sostenes para hombres, para hombres obesos por supuesto. Y era otra colección incompleta.
Miró las cintas de vigilancia pero no mostraban nada, y en el lugar del robo, después de una minuciosa inspección, en la que intervinieron investigadores profesionales, sólo se encontraron dos pequeñas fibras de tela. Las fibras eran de un traje, que coincidía con el mismo tipo de los que Han le hacía, pero era de color gris, y él nunca usa trajes color gris, sino de color negro.
Otra vez fue con Han, en su celda. Éste alegó que no le había hecho a nadie más un traje de la misma tela que a él, tela que traía exclusivamente de un exclusivo lugar. Y así fue, o al menos no existían registros de compras y ventas de esa tela color gris. Pero John Prosper seguía sospechando de su diseñador, aunque éste siguiese en la cárcel.
Era evidente para Prosper que Han estaba aliado con alguien a quien le había hecho un traje de esa tela color gris, un pañuelo azul, y que esa persona estaba cometiendo los robos.
A pesar del sistema de vigilancia y de los robo-guardianes, que portaban armas y que permanecían siempre dentro de la sala de colecciones, las desapariciones siguieron ocurriendo.
El cuarto día fue uno de sus asientos de avión, de un Airbus del siglo pasado; el quinto día, una bombilla incandescente que emitía una luz con una longitud de onda de 5123 ångströms, y así se desacompletaba su colección de bombillas de todo el espectro visible, ångström por ångström. Y así siguió sucediendo robo tras robo, y nadie podía evitarlo. Muy pronto todas sus colecciones estarían incompletas, si eso seguía así.
El excéntrico millonario John Prosper ahora salía en las páginas de los periódicos, pues había llamado al FBI para investigar la misteriosa desaparición de sus preciados objetos. No pudo mantener oculto lo que estaba pasando, y ya estaba destrozado todo el orgullo que aún quedaba en él.
Al final no pudo soportar eso. Todas menos una de sus colecciones estaban incompletas: su colección de películas de Keanu Rieves. Tal vez, después de muchos esfuerzos, podría llegar a conseguir las piezas faltantes, pero Prosper sabía que no sería así.
Entonces decidió mudarse y resguardar sus incompletas colecciones. Trasladó todo a un pequeño pueblo al oeste de cualquier lugar, en una mansión que había comprado. Pero aún así no se libró de la desgracia. El día siguiente que había llegado a su nueva mansión y colocado sus colecciones en una enorme bóveda impenetrable, una pieza fue robada: “la película de Matrix: Revolutions”, aunque, bueno, era una pieza de colección que podía conseguir en cualquier parte.
Pero, aún así, ¡cómo era posible! La puerta de la bóveda sólo se abría tras un análisis triple de retina, huellas dactilares y ADN.
Así que se dio por vencido y, una semana después de que su última colección ya no estaba completa, decidió subastar las piezas restantes.
Increíblemente se vendieron.
John Prosper era reconocido en todo el mundo como un gran científico, muy inteligente pero muy excéntrico, y poseía una gran fortuna. Le gustaba coleccionar objetos de todo tipo. Era bajito, gordo, y siempre vestía con un traje gris y un pañuelo azul en la bolsa del saco. Le gustaba el vino, sobre todo el Benelaroux cosecha del 92, que era su favorito, y tenía un diseñador llamado Han.
Sus trabajos los desarrolló sobre viajes entre universos paralelos, y llegó a construir una máquina que le permitía viajar de un universo a otro. En uno de esos viajes se encontró con él mismo, en su versión alternativa, y por sorpresa vio que coleccionaban los mismos objetos, sólo que sus colecciones —las de él, no las de su alternativo— estaban incompletas. Y así, hurtando las piezas faltantes a su alternativo, logró completar todas y cada una de sus colecciones.
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