Matthew Belmont, sentado en su despacho, frente a su amplio escritorio de caoba, analizaba los datos transmitidos por la sonda Solar II. La sonda había llegado hasta más allá de los límites de la órbita de Eris, a 90 UA de nuestro planeta. Según el informe había una anomalía en las transmisiones de la sonda: justo cuando sus objetivos habían apuntado hacia las coordenadas de la estrella Betelgeuse, en la constelación de Orión, ésta no estaba. De hecho Orión no estaba, tampoco ninguna otra de las constelaciones conocidas. Sin duda era una falla. La cámara de la Solar II sólo veía estrellas que no concordaban con las que se observan desde la Tierra, lo cual, obviamente, tenía que considerarse una falla de la sonda.
—Matt —sonó una voz por el intercomunicador.
Belmont presionó el botón del aparato.
—¿Ya ha regresado nuestro hombre?
—Sí, pero... —contestó la voz, haciendo una pausa—, el señor Lehrer no se encuentra bien mentalmente. Al parecer no ha regresado sano del viaje, algo le ha afectado. Tiene delirios respecto a lo que pasó. Cree haber visto cosas.
—¿Dónde está ahora Lehrer?
Norman Lehrer era el hombre que había sido mandado a los límites del sistema solar para observar, con sus propios ojos y no con las cámaras para nada infalibles de una máquina, el posible origen de las transmisiones extrañas de la Solar II.
Maggie, su esposa, estaba con él, así como un doctor, que se identificó como psiquiatra.
Norman permanecía sentado en una silla en su habitación. Vio a Matt Belmont entrar y, dando unas palmadas a la orilla de la cama, lo invitó a sentarse; así lo hizo.
—¿Cómo se siente, señor Lehrer? —preguntó Matt.
Norman esbozó una sonrisa extraña.
—No me siento bien. He visto cosas allá afuera.
—¿Puede decirme qué clase de cosas? —le preguntó.
No respondió. El psiquiatra intervino:
—No ha querido decirme...
—Usted guarde silencio —ordenó Matt.
—Los vi a ellos. Sus enormes ojos —balbuceó Norman, con la mirada clavada en el suelo—. Eran... parecían como de un gato..., ojos felinos, y eran muy grandes..., abarcaban como más de diez grados de arco cada par de ellos.
—¿Los ojos de quién? —preguntó Matt.
Norman subió la mirada y la fijó en Matt.
—¿Por qué me enviaron allá? No vio usted lo que yo he visto. Pero al menos sé lo que hay —se levantó de la silla, agitado. Su esposa lo tomó por los hombros y lo calmó; volvió a sentarse—. La sonda robot no estaba equivocada. De verdad todo es diferente allá afuera.
—¿Quiere decir que no existe nada de lo que vemos aquí? —dijo Matt, aunque sin preocupación, sólo para que siguiera hablando.
—Considere esto —dijo Norman, que parecía muy lúcido, y lo estaba—. La razón por la cual vemos algo completamente diferente, cuando cruzamos el sistema solar, a lo que vemos desde la Tierra o desde los telescopios en órbita, es que lo que observamos aquí no es real. Sólo es un holograma extremadamente bien hecho que nos hace creer que lo que vemos es lo que existe realmente. El holograma se rige por algunas leyes y nosotros las estudiamos. Al conjunto de esas leyes le llamamos Física.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Porque lo he visto. Los he visto.
—¿Visto a quienes? —preguntó Matt.
—Los que pusieron el holograma. Nuestro sistema solar es un campo de estudio, por eso nos han aislado del resto del universo haciéndonos ver lo que realmente no hay. Un experimento. Eso somos: un experimento. Si usted... —apuntó a Matt con el dedo—, si usted deseara analizar a una población de ratas, y quiere considerar factores de sociabilidad, la forma en la que esas ratas conviven entre ellas, usted haría que esas ratas vivieran cómodamente. De vez en cuando alteraría los factores, o mataría a una de ellas para estudiar sus cambios. Les construiría túneles y madrigueras o dejaría que ellas mismas lo hagan. Les das el espacio suficiente por un tiempo, pero luego, cuando has terminado tu experimento y ya has sacado tus conclusiones, te deshaces de ellas. Al final acaban todas en una bandeja metálica, abiertas por el vientre y sumergidas en una solución líquida.
—Creo que ya es suficiente —dijo Maggie.
Matt observó por unos segundos a Norman, que ahora parecía haber envejecido como veinte años más. Se levantó de la cama.
—¡Estamos encerrados en una esfera holográfica! —gritó Norman.
Matt y el psiquiatra lo miraron horrorizados. El pobre hombre había enloquecido. Dos meses viajando por el espacio lo habían trastornado severamente.
—¡Nunca saldrán! —dijo Norman—. ¿Me oye? Se los aseguro, ¡del sistema nunca saldrán! No pueden. Lo que hay más allá no es lo que creemos conocer. Atrás de esta burbuja están ellos, mirándonos con sus enormes ojos felinos. Son científicos como nosotros o, más aún, ¡son dioses que experimentan con nuestras vidas!
Matt salió de la habitación, pero todavía escuchaba los gritos del hombre detrás de él.
La sonda Solar III estaba por rebasar el punto de perihelio de la órbita de Eris. Una extensión de la Inteligencia Artificial, que se encargaba de mantener el holograma cubriendo todo el sistema hasta el planeta enano Eris, se acercó a ella y desplegó un campo azulado a su alrededor. El campo proyectaba una imagen holográfica que captó la sonda.
—Ya ve —dijo un ingeniero del departamento de robótica—, la Solar III no presenta ningún problema, a diferencia de sus antecesoras.
—Ya ve —dijo un ingeniero del departamento de robótica—, la Solar III no presenta ningún problema, a diferencia de sus antecesoras.
El monitor transmitía la imagen de las Pléyades. Luego, abriendo la toma, mostró a las constelaciónes de Tauro y Perseo.
Matt asintió.
—¿Cuál dice que fue el error de las otras sondas?
—Ninguno —respondió el ingeniero—. Realmente no lo sabemos. Tal vez un problema con el procesamiento de datos. Quizá captó a cada estrella individualmente y después las ordenó en una cierta configuración. Eso es lo que creemos, aunque no sabemos cómo ha ocurrido.
—Bien —dijo Matt—, entonces sigamos con el trabajo.
interesante... pero de donde salió esto ? XD saludos Damian ... ya quiero ese café XD
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