febrero 17, 2011

Fábrica de ideas

Bueno, como no he tenido mucho tiempo para escribir estos últimos días (y semanas) les dejo algo que escribí en enero.

     Nick Harlan se sentó frente a su ordenador y comezó a escribir su tercera novela. La primera había sido un éxito y la segunda, dado que se había vuelto un escritor medianamente reconocido, se vendió por inercia.
     Las condiciones de su pequeña habitación eran las deseables para él: la iluminación que recibía de su lámpara de techo de luz blanca, ventanas cerradas y con las cortinas corridas, sobre todo, aunque afuera había un hermoso día, y él frente a su escritorio y su ordenador, y si levantaba la vista: una pared blanca.
     Siguió tecleando y la pantalla pronto se llenó de palabras.
     De pronto se quedó bloqueado. Se había detenido solamente a tres páginas del comienzo. ¿Qué había pasado? Seguramente esto se acabaría rápido y podría volver pronto a lo que estaba haciendo. Sintió un poco de frío y fue a su armario por un suéter. Quizá se le habían acabado las ideas. Consideró eso, pero como estaba falto de ideas no pudo pensarlo a profundidad.
     No llevaba un buen conteo de los días y para él era lo mismo un lunes que un sábado. Miró en su ordenador el calendario y se dio cuenta que ya habían pasado tres meses desde que había recibido su último paquete de ideas.
     "¡Cielos, tanto tiempo y ni cuenta me dí!", pensó.
     Cerró el ordenador y bajó el interruptor de luz. Abrió la puerta. Su pequeña hija Jane caminaba con una taza de té. A Jane le gustaba tomar té, y a su padre el café, pero ya no lo necesitaba últimamente desde que había recibido ese paquete de ideas.
     Caminó hacia la habitación de su esposa. La vio tendida en la cama leyendo un libro.
     —Hola Janet —saludó él.
     —Hola —respondió su esposa, sin despegar la vista del libro.
     —Iré a la fábrica, regreso en unos momentos
     Janet lo miró y notó a su esposo muy relajado. La última vez la falta de ideas le había hecho desesperarse tanto que le afectó en su salud y tenía unas enormes ojeras. Ahora Nick tenía sus ojeras de siempre.
     —La comida estará lista en cuanto llegues —respondió Janet, y siguió leyendo.
     Notó que su esposa estaba leyendo una novela de Asimov. Cómo admiraba a Asimov, le gustaría ser un escritor tan prolífico como él, pero él, Nick Harlan, no era un genio y lo aceptaba con molestia. Se subió a su coche y condujo hacia la fábrica, en la avenida Schenectady, un lugar en medio de casas abandonadas y otras en construcción. Se bajó del vehículo y entró en el edificio, que tenía como puerta principal una puerta giratoria. Las puertas giratorias le mareaban, pero había llegado.
     —Hola señor Harlan —saludó la recepcionista, en el mostrador—. Ya se estaba retrasando.
     A Nick le molestaba la palabra retrasado y cualquier conjugación y uso en modo adverbial o gerundial de la misma. Recordó sus años de infancia cuando le llamaban retrasado. Por supuesto que no lo era, pero tampoco destacaba en muchas cosas, así que decidió convertirse en escritor, y así le haría ver al mundo, sobre todo a los que lo tomaban como menos, que podía triunfar.
     —Pase —dijo la señorita, señalando con la mano abierta el consultorio del Doctor Jenkees.
     Nick se dirigió a la puerta y tocó.
     —Adelante —contestó desde dentro la voz del doctor.
     Abrió al puerta.
     —Buena tarde, doctor.
     En ese momento el doctor Jenkees atendía a otro paciente. Era a una joven que estaba recostada en una especie de silla inclinada y el doctor observaba la cabeza de la paciente.
     —Creo que llego en mal momento —dijo Nick.
     —Oh, no no no, nada de eso, ya he terminado con ella.
     La mujer, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, se levantó de la silla. Estrechó la mano del doctor.
     —No olvide volver exactamente en ochenta días —le dijo el doctor a la mujer.
     La mujer asintió y salió por la puerta.
     —Siéntese —ordenó el doctor Jenkees.
     Nick se acercó a la silla y se recostó. El doctor, un hombre que ya rozaba los sesenta años, tomó una pequeña caja metálica de una mesa, y un objeto alargado, un tubo, del cual salía un cable, y se dirigió hacia Nick:
     —Veo que su libro ha tenido éxito.
     —Así es, y quiero que eso vuelva a repetirse.
     —¡Oh!, no lo defraudaremos, señor Harlan.
     El doctor se acercó a la cabeza de Nick. Encendió la pequeña caja y buscó algo en la región prefrontal, en la frente. Al fin encontró el orificio. Introdujo el tubo metálico en la cabeza de Nick, y lo atornilló al cráneo, girándolo. Parecía una antena con un cable saliendo de la antena. Conectó el extremo libre del cable al cubito metálico.
     Nick no sintió dolor. El cubito transmitía información que se almacenaba directamente en el cerebro de Nick. El doctor puso el cubito en un sitio estable y miró una pantalla que mostraba los parámetros de la transmisión al cerebro de Nick.
     —Esta vez serán diez minutos —dijo el doctor, y se sentó en su escritorio, a revisar unos expedientes.
     Después de transcurrido ese tiempo le retiró el tubito y se despidió del doctor. Al salir, Nick se sintió totalmente rejuvenecido. Las ideas habían vuelto a su cabeza y ya sentía su cerebro trabajar con mayor rapidez y creatividad. Se apuró para llegar a su casa, donde le esperaba su ordenador y sólo su ordenador.

     Pasó por el pasillo y su esposa, desde su habitación y con la puerta abierta, lo vio.
     —¿Comerás esta vez? —preguntó Janet.
     Pero Nick no respondió y se metió directamente a su habitación. Encendió la luz, blanca como la leche ultrapasteurizada, y se sentó en su silla. Notó que la silla era más cómoda, pero eso, obviamente, sólo era una ilusión.
     Las palabras le salían de nuevo. Cierto es que nunca sería como Asimov, pues en sus seis años de escritor, desde que se propuso que a eso se dedicaría, sólo había publicado dos novelas. Cierto es que Asimov no obró de este modo ni remotamente poco productivo.

     —¿Cómo va tu nueva novela? —le preguntó Janet, mientras desayunaban.
     —Muy bien —contestó Nick—, la nueva descarga de ideas ha sido muy benéfica.
     Janet torció la boca.
     —Jane asistirá esta semana a un torneo de ajedrez, representará a su escuela.
     Nick la miró detenidamente, por un momento pensó que su cabello había cambiado de color desde la noche anterior.
     —Ella quieres que vayas —añadió.
     —La novela no se escribirá sola —respondió él—. Necesito tiempo.
     —Sabes que nunca serás como a ese escritor que tanto admiras —dijo Janet, enfadada—. No digo que no seas un buen escritor de ciencia ficción, pero deberías de estar más tiempo con tu familia —dijo para suavizar la impresión que había causado a Nick.
     Nick bufó.
     —Esto es lo que mejor hago —repuso—. Sabes, Isaac también tuvo una esposa que no valoraba su trabajo como escritor. Se divorció de ella.
     —Pediré permiso en el trabajo para llevar a Jane —dijo Janet, como no escuchando las palabras de su esposo.     Su hija Jane ya iba a dormirse y le pidió a su padre que le contara un cuento. Nick se sintió halagado, pues era lo que le gustaba hacer: contar historias..
     —Claro —dijo seguro de sí mismo—, ¿qué clase de cuento quieres esta noche?
     —¡Piratas! —contestó inmediatamente la niña.
     Nick titubeó. No sabía nada sobre piratas, excepto el hecho de que acostumbraban a decir “arrrggg” en repetidas ocasiones. Se inclinó hacia la pequeña.
     —Puedo contarte uno de ciencia ficción —dijo suavemente.
     —¡Yo quiero uno de piratas! —protestó la pequeña.
     —Escucha, Jane, papi sólo tiene ideas de ciencia ficción, el doctor no le ha administrado nada relativo a los piratas, así que no se me ocurre ninguna historia de piratas.
     La niña se cruzó de brazos y frunció los labios, como su madre.
     —Entonces, ¿qué tal si inventamos una? —sugirió la pequeña.
     —No sabría cómo comenzar.
     —Podría comenzar con: “Barba Verde dio la orden de disparar los cañones. El barco enemigo pronto sucumbiría entre la lluvia de fuego y sus tripulantes preparaban el escaso armamento para ejercer resistencia...”
     —¿Qué clase de nombre es Barba Verde? —interrumpió Nick, atónito.
     —Un nombre de pirata —respondió la niña.
Nick guardó silencio por unos segundos y, confundido, preguntó:
     —¿De dónde sacas estas ideas? —sospechaba de que posiblemente su hija había ido sin su permiso a la Fábrica de Ideas.
     Jane se rió escandalosamente de la ingenua pregunta de su padre.
     "Estos niños de ahora...", pensó Nick.
     "Estos padres de ahora...", pensó Jane.

2 comentarios:

  1. Me tienes que decir donde está la fábrica, en vista del buen resultado que te da a tí.

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  2. Jaja. Yo no he visitado esta fábrica. Yo quiero ser como la niñita, que no necesita nada que le metan en el cerebro aparte de lo que ella puede captar y asimilar.

    Pero sí digo donde queda: calle Schenectady. Ray Bradbury una vez dijo que todas las ideas de la ciencia ficción provenían de la calle Schenectady, y por eso he nombrado así a la calle donde está la Fábrica de Ideas. Eso está en Nueva York.

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